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Lágrimas en Oviedo por el cura cantor que dejó huella entre sus fieles: "Siempre estaba para los demás"

«Siempre estaba para los demás, era simplemente buenísimo», señalan feligreses, compañeros y amigos de José Luis Alonso Tuñón en Los Arenales

El sacerdote Jose Manuel Rodríguez Fueyo, en el centro, hablando con familiares y feligreses de San Isidoro, ayer, en la capilla ardiente. En el detalle, una imagen de archivo de José Luis Alonso Tuñón.

El sacerdote Jose Manuel Rodríguez Fueyo, en el centro, hablando con familiares y feligreses de San Isidoro, ayer, en la capilla ardiente. En el detalle, una imagen de archivo de José Luis Alonso Tuñón. / L. B.

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Lucas Blanco

Lucas Blanco

La sala número 10 del tanatorio de Los Arenales fue este martes mucho más que una capilla ardiente. Entre coronas de flores, abrazos prolongados y silencios cargados de emoción, se convirtió en el reflejo de la huella que José Luis Alonso Tuñón dejó durante más de medio siglo de sacerdocio y, especialmente, en los casi treinta años que pasó al frente de San Isidoro el Real. Allí convivieron durante toda la jornada las lágrimas por una pérdida inesperada con los recuerdos agradecidos hacia un pastor al que la mayoría se refería como «un melómano y gran cantor» que «siempre estaba para los demás» y «era simplemente buenísimo».

Desde primera hora fueron constantes las visitas de fieles, amigos, sacerdotes y vecinos que quisieron acompañar a la familia y al círculo más cercano del religioso, fallecido el lunes a los 84 años por causas naturales en la casa parroquial de la calle Magdalena. La conmoción que provocó su muerte seguía muy presente en los rostros de quienes acudían a despedirse de él. Costaba asumir que aquel sacerdote cercano, siempre dispuesto a detenerse para conversar unos minutos, ya no volvería a cruzar la plaza de la Catedral ni a ocupar el altar de San Isidoro.

Uno de los momentos más emotivos de la jornada llegó con el responso oficiado frente al féretro por otro veterano de la Iglesia asturiana: José Manuel Rodríguez Fueyo. Apoyado en una muleta y haciendo esfuerzos por contener las lágrimas, el sacerdote recordó a quien durante la última década fue también su vecino. Ambos residían en la misma casa parroquial en el número 10 de Magdalena, aunque en diferentes plantas, lo que no impidió que forjaran una gran amistad.

«Teníamos una relación de todos los días. Estábamos juntos y charlábamos mucho», relató. La voz se le quebraba al hablar de un compañero con el que compartía no solo techo, sino también vocación y una misma pasión por la catequesis. «Era un hombre muy preocupado por la parroquia, muy atento a las necesidades de los fieles. Además, nosotros nos entendíamos mucho porque somos los dos catequetas, grandes conocedores de la misión de la catequesis», explicó. Su pérdida, admitía, sigue resultándole difícil de encajar. «Fue un susto muy grande. Hoy lo estoy pasando muy mal. No lo esperaba».

A su lado se encontraba Sergio Martínez Mendaro, vicario parroquial de San Juan el Real, que también guardaba una estrecha relación con Alonso Tuñón. El fallecido lo confirmó siendo todavía un joven feligrés de San Isidoro y años después le ayudó a preparar una fecha que jamás olvidará: su primera misa sacerdotal. «También fue quien me ayudó a preparar mi primera misa, que la oficié en San Isidoro», recordó. De él destaca una cualidad que repitieron muchos de los asistentes al velatorio. «Ayudaba a todo el mundo, llevaba el catecismo como nadie y sabía acercarse a la gente».

Martínez Mendaro, que actualmente dirige la Schola Cantorum de la Catedral, evocó la que sin duda era la gran pasión del sacerdote: la música. «Era escolano desde pequeño en Covadonga y la música le vibraba en el corazón. En el Carmín de la Pola cantó muchas veces la danza prima. Era organista, como yo, y siempre bromeaba diciendo que los dos habíamos sido curas para poder tocar el órgano», comentó con una amplia sonrisa que por momentos mitigaba la tristeza.

Las condolencias no dejaron de llegar durante toda la jornada. Muchas de ellas encontraron a Pepín Alonso, sobrino del fallecido, recibiendo abrazos, mensajes y llamadas. «Siempre estaba para todos, daba lo que tenía», resumió con los ojos humedecidos. El familiar reconocía sentirse sobrepasado por las innumerables muestras de cariño recibidas. «Hay pésames que llegan con unos párrafos que emocionan muchísimo. No hay duda de que era muy querido», desveló.

Entre quienes más acusaban la pérdida estaban las feligresas que durante años compartieron con él la vida cotidiana de la parroquia. Manuela Iglesias apenas encontraba consuelo al recordar a quien consideraba mucho más que un párroco. «Era lo más bueno que hay», afirmaba. Recuerda con orgullo cómo cuidó cada rincón del templo. «Tenía la parroquia como una patena, preciosa. Hizo muchísimos arreglos, aunque siempre le quedó la pena de no poder hacer una rampa para las sillas de ruedas porque no le dieron los permisos», apostilló.

La mujer rememoró además una conversación que hoy adquiere un significado especial: «Yo le decía que a su edad no debía vivir solo. Y él siempre me respondía que no estaba solo, que vivía con tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo».

Amante de la ópera

Junto a ella, Queti Iglesias asentía mientras repasaba las muchas facetas de un hombre al que define como excepcional. Ambas coinciden en destacar su inteligencia, su cultura y su amor por la música. «Era un melómano. Le encantaba la ópera y tenía una voz magnífica. Incluso ponía mala cara cuando escuchaba cantar mal a alguien», comentaban entre sonrisas y lágrimas.

La despedida marcada por la emoción serena y por el agradecimiento. Este miércoles, los restos de José Luis Alonso Tuñón serán recibidos en San Isidoro el Real antes del funeral presidido por el arzobispo Jesús Sanz Montes a las 12.30 horas. Después emprenderán el último viaje hacia Proaza. Allí descansará para siempre el sacerdote que dedicó su vida a acercar la fe a los demás y que, a juzgar por las lágrimas vistas en Los Arenales, logró algo todavía más difícil: hacerse querer por todos.

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