La misionera asturiana que a sus 80 años no piensa en jubilarse: "Mientras tenga salud, me necesitan todavía en Kinshasa»
Sor Ángela recaba ayuda para el mayor centro de salud mental de África: «Atendemos todos los días a 300 personas y necesitamos ampliar nuestras instalaciones»

Varios integrantes del espacio Equilibra antes del inicio de la comida solidaria con Sor Ángela y Jacinthe Nkongolo, la delegada en África de la fundación El Pájaro Azul . / Fernando Rodríguez
"El Ángel de Kinshasa" pasa unos días en su Asturias natal, como suele hacer "cada dos años". Sor Ángela Bada cumplió 80 años el pasado mes de mayo, pero por el momento no se plantea jubilarse ni volver a Panes, donde tiene a su familia. "Echo de menos Asturias, pero mientras tenga salud no pienso regresar, me necesitan más en Kinshasa", asegura esta religiosa asturiana, de la congregación de las Hermanas Hospitalarias, que llegó a la capital de República Democrática del Congo en 1989.
Casi cuarenta años dedicados a una misión muy concreta, la atención a las personas con enfermedades mentales como, por ejemplo, la epilepsia. "Estamos en una capital donde viven veinte millones de personas, tenemos muchísimo trabajo,a nuestro viene cantidad de gente, cada día trescientas personas y ahora con la guerra todavía vienen más personas de otros países, de Brazzaville (República del Congo) y de Angola. Viene muchísima gente, esto no se termina y no hay ninguna ayuda pública", describe Sor Ángela, que aprovecha sus visitas a Asturias para recabar ayuda con destino al mayor centro de atención a enfermos mentales de África. Un colectivo especialmente vulnerable. "El enfermo mental es considerada una persona que trae mala suerte a la casa, estorba. La situación es tan fuerte que ella misma se marcha, se va vivir a la calle, desaparece porque sabe que en su casa no la quieren, le pueden pegar, quemar, hacer de todo".
Para Sor Ángela Bada resultó "muy difícil llegar a Kinshasa y ver tanta gente en la calle, enferma, con apenas uno sacos por prendas y muy sucios. Y lo que más nos chocaba era ver a las personas epilépticas tiradas en la arena y el resto de gente les hacía una raya, para que no se les acercaran, porque decían que atraían los malos espíritus". Pese al paso de los años, la realidad actual no ha cambiado mucho. "Es muy difícil quitar esas costumbres y creencias", afirma.
Lo que sí ha cambiado es la atención a un colectivo donde las mujeres son, si cabe, aún más vulnerables. "Tenemos dos centros, uno para atender a las personas que vienen a consulta con sus familias y luego la casa donde atendemos a mujeres que estaban en la calle con sus niños y niñas", detalla. Una atención para la que cuentan "con buenos médicos y enfermeros en psiquiatría, que se han formado algunos en Bélgica".

Café tertulia organizado por la Fundación Alimerka en Oviedo con Sor Ángela y Jacinthe Nkongolo y la Fundación Pájaro Azul. / F. A.
Los recursos escasean de ahí la importancia de toda ayuda. "Hemos podido comprar gallinas y patos para poner una granja y con el dinero que obtenemos compramos los medicamentos . También tenemos un taller en el que enseñamos a coser". Todo ingreso es poco porque las necesidades aumentan. "Nos conocen como las Hermanas de Télema (palabra que significa Ponte en pie) porque es el nombre del primer centro y queremos ampliar las instalaciones, pero cuesta dinero y en ellos estamos", comenta Sor Ángela. De ahí que en sus viajes a Asturias recabe ayuda de entidades como Equilibra, un espacio que reúne a mujeres y hombres de distintas profesiones "por una sociedad más justa y habitable"; la fundación Pájaro Azul y la Fundación Alimerka, con las que tuvo este jueves sendos encuentros enOviedo. "Necesitamos ayuda, si alguien puede ayudarnos un poco , pues poco a poco podremos sacar adelante estos proyectos. Quien nos quiera ayudar puede hacerlo a través de El Pájaro Azul, que tiene nuestra dirección y número de cuenta, todo. Y quien quiera puede venir a visitarnos para que vean nuestra labor en los centros de Télema en Kinshasa. El centro no es para nosotras, es para el pueblo", afirma Sor Ángela Bada. La religiosa de Panes reconoce que "ahora ya no hay tantos misioneros; antes éramos muchos más, hombres y mujeres, pero ahora queda muy poca gente y ya mayores, como yo".
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