El chaval de la bicicleta
Valentín Álvarez recibirá en julio el premio al Trubieco del Año 2026
Si cierro los ojos y viajo unas cuantas décadas atrás, a los años en que la juventud nos hacía mirar al futuro con ilusión, me viene a la memoria una imagen nítida de cuando vivía en el Grupo Coronel Baeza —«Corea» para cualquiera que sea de Trubia, bautizado así por el eco de aquella guerra lejana que marcó la época de su construcción—. Recuerdo perfectamente a un chaval de otro barrio que pedaleaba en su bicicleta de carrera; siempre que nos cruzábamos, ralentizaba un poco la marcha para regalarme un saludo limpio y grato.
Aquel joven de la bicicleta era Valentín Álvarez, nuestro flamante y merecido Trubieco del Año 2026. Un galardón otorgado por la Sociedad de Festejos de Trubia (SOFETRU) que Valentín recibe, estoy seguro, con el profundo y sincero orgullo de quien ama incondicionalmente a su pueblo.
Este reconocimiento, que desde el año 2000 viene haciendo justicia con los hijos más insignes de nuestra localidad, recae en un hombre que es una enciclopedia andante de la villa cañonera. Quinta generación de su familia vinculada a la Fábrica de Armas —donde suma más de 40 años de impecable servicio—, Valentín encarna la unión perfecta entre el yunque industrial y la devoción casi sagrada por la memoria gráfica de nuestro pueblo.
A eso se suma su pasión inquebrantable por el Real Juvencia, el equipo de fútbol más antiguo de Oviedo, una institución señera que ya cumplió su centenario en 2023 y en la que, ya desde la directiva en su día o como simple socio en la actualidad, Valentín sigue aportando su colaboración y su rigor como historiador de su rico anecdotario.
La mirada fija en el pasado para los que están por venir
«Quiero dar a conocer lo que era Trubia en el pasado para que la recuerden y disfruten con ello», dijo en más de una ocasión. Y vaya si lo consigue. Su filosofía vital es rescatar el ayer para entregárselo limpio a las generaciones del mañana. A través de algunas de sus obras imprescindibles, como Trubia desde la nostalgia y Trubia en el corazón, nos ha regalado casi un millar de imágenes que profundizan en dos siglos de intrahistoria.
Gracias a su tesón investigador, hoy podemos maravillarnos ante la que es la fotografía más antigua registrada de Trubia, datada en 1863 por el belga Gosset bajo las órdenes del General Elorza, o ante tesoros documentales como un programa de mano en cartón del cine de 1908, demostrando que aquí hubo casino, teatro y cinematógrafo antes que en casi ningún rincón de Asturias.
Un aprendizaje irrepetible
Valentín sabe mejor que nadie que la Fábrica no fue solo un taller de fundición y artillería, sino la matriz de una sociedad avanzada. En los tiempos de Elorza, a mediados del siglo XIX, Trubia era una auténtica vanguardia: una miniciudad con hospital, iglesia, farmacia y unos niveles de alfabetización envidiables impulsados por la emblemática Escuela de Aprendices, en cuyo 175 aniversario Valentín fue una pieza fundamental.
Es precisamente en esa escuela y en esos talleres donde se forjaron miles de trayectorias personales y profesionales. Tuvimos la inmensa suerte de formarnos en directo, respirando el oficio. Contar con una fábrica en pleno funcionamiento, camino de los 240 años de historia ininterrumpida en el mismo sitio, es un auténtico lujo. Ver todo ese engranaje en vivo, a pie de máquina, aprendiendo junto a quienes ya habían recorrido ese camino antes que nosotros, es una experiencia formativa difícilmente repetible.
Ese inmenso valor humano y profesional no pasaba desapercibido en la alta dirección. Me consta por experiencia personal el sincero aprecio y respeto que Juan Escriña, durante años director general de Santa Bárbara, le tenía a nuestro premiado. Escriña sabía reconocer que el verdadero motor de la factoría son trabajadores con este nivel de arraigo y dedicación.
Toda esa riqueza cultural y profesional es la que nuestro galardonado custodia en su archivo infinito. Un legado histórico que complementa con su excelente colección particular de piezas artísticas de bronce, auténtico arte rescatado del olvido.
Verlo sonreír en fotografías recientes junto a su hija María, relevo y ya sexta generación familiar en la fábrica, es el vivo reflejo de que ese patrimonio trubieco tiene asegurada su transmisión a las nuevas generaciones.
En un contexto geopolítico complejo, donde vuelve a mirarse hacia la Fábrica de Armas por los vaivenes de los contratos, los de aquí sabemos que la verdadera identidad de la villa no se mide solo en cifras. La historia de Trubia se mide en el respeto a las raíces, en el orgullo de los trubiecos y en la sensibilidad de vecinos como Valentín, que dedican su vida a levantar un monumento histórico impreso para que el pasado no se desvanezca.
Casi medio siglo después de aquellos cruces en bicicleta, la vida nos ha curtido, nos ha puesto a prueba y nos ha llenado de canas. Hace no mucho, Valentín tuvo que librar una de esas batallas silenciosas y cruciales contra una enfermedad grave, una de esas rampas duras que la vida te pone por delante y que él ha superado con una entereza admirable.
Por eso, comprobar que aquel saludo amable y esa sonrisa distinguida siguen siendo los mismos al cruzarnos por la villa no es solo una alegría; es un triunfo de la vida. Un gesto limpio que hoy quiero devolverle a través de estas líneas para celebrar un acto de estricta justicia.
Disfruta del galardón, Valentín, y que ese orgullo llene hoy tu casa. El chaval de la bicicleta sigue recorriendo Trubia, pero hoy es todo un pueblo el que se detiene para devolverte el saludo con el mayor de los afectos. ¡Enhorabuena, Trubieco del Año!
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