Sergio Hernández, pintor mexicano de viaje por Asturias: "El arte no es más que un accidente y una suma de errores, un intento siempre frustrado de crear una idea"
"Eso de echarle la culpa a Hernán Cortés es un cuento chino muy triste y muy elemental, porque no es muy creativo"

Sergio Hernández, este miércoles, en el hotel de La Reconquista, en Oviedo. / Luisma Murias
Sergio Hernández (Oaxaca, 1957) es uno de los artistas mexicanos más cotizados de su generación, con obra muy presente en su país pero también en colecciones internacionales de instituciones estadounidenses, alemanas o españolas. De viaje por España, un grupo de amigos asturmexicanos le invitaron a pasar unos días en Asturias, una tierra que ya había llamado su atención por el paisaje, la gastronomía y la piedra de los monumentos prerrománicos.
¿Qué le trae por aquí?
Vine a Madrid con el proyecto de conocer esta zona. Es la primera vez y estoy muy sorprendido por sus paisajes, sus bosques. Tengo mucho interés desde hace años en Liébana y los beatos pero también me atrae mucho la arquitectura de aquí.
¿El Prerrománico?
Sí, llevo muchos años tratando de ver piedras. He viajado mucho viendo cómo las piedras se acomodan. La de aquí es una de las formas, pero también he estado mucho en Japón, en Turquía, Jordania, Marruecos, Capadocia. Es un gusto ver los espacios donde han habitado los humanos y cómo se han relacionado con ese espacio.
¿Por qué le interesa?
He pensado mucho en la forma en que habitamos los lugares y mi conclusión es que la humanidad ha acabado inclinándose a vivir en maquetas, no ha optado por una arquitectura que tiene que ver con lo efímero, que se va construyendo a través de necesidades muy sencillas y humildes, como la de aquí, sino que todo ha sido un deseo de construir una gran maqueta para habitarla, espacios que se venden. No es solo la necesidad de construir verticalmente para tantos habitantes, es también el status. Estas otras arquitecturas integradas en la naturaleza, como el Prerrománico, es como si hubieran estado ahí siempre.
¿Cree que hemos renunciado a una arquitectura más esencial y conectada?
La arquitectura hoy en día es una revista, una forma de fotografía y de venderse, es ego, pero no siempre ha sido así. Aquí o en el sur de España se pueden ver ejemplos en los que no es tanto la proyección de construir una maqueta como de habitar.
¿Conectan estas ideas con el patrimonio arquitectónico de su país?
La arquitectura en México ha sido más la natural, la del jardín, de las chinampas, donde hay construcciones estructuradas a través de ramas y tule… Es la arquitectura del maíz, más encaminada a las formas de alimentación. Lo otro, de donde yo provengo, Oaxaca, las construcciones de Mitla, la ciudad de los muertos, o Monte Albán. Son ciudades relacionadas con el cosmos. Si va a las cuatro de la mañana a Monte Albán, siente usted la velocidad a la que vamos, a la que se mueve el planeta en el universo. Eso sucede porque está construido en lugares estratégicos.
¿Ha experimentado eso?
Durante muchos años llevé allí todas las noches a mucha gente. Una cantidad de creadores de todo el mundo a la que les ha cambiado esa experiencia. Francis Ford Coppola, Kiefer, Baselitz… En Monte Albán hay otra zona, cuando llueve, que se llena de ranas y por la noche su ruido parecen pájaros habitando la noche. Y Mitla es una zona arqueológica del inframundo donde se han descubierto muchos frescos. Es un mundo muy rico.
¿Todo ese ecosistema le influyó como artista?
Crecí con grandes intelectuales mexicanos, entre ellos León Portilla, y la pintura a la que yo me dedico es una forma de traducir un estado. Lo que en otro momento representaban las imágenes mágicas. Pintar es un acto mágico, representar en un vacío un algo intransferible. Así sucede en los frescos prehispánicos o en Pompeya o en el arte rupestre. Para mí ha sido muy significativo tomar esos temas. Por eso yo he cogido cuatro colores y con eso me ha bastado, con moverlos en una pieza de ajedrez. A eso me he dedicado los últimos cincuenta años. No he tenido necesidad de andar inventando cosas. Pero la parte mágica me interesa mucho. Piense, por ejemplo, en el mural de Bonampak. Se pintaron en estuco, pero cuando se selló la pirámide, la humedad volteó la baba de nopal y el pigmento se lo comieron los cristales de cal. Y así se convirtió en un gran fresco, a través de un gran accidente.
¿Le interesa también el accidente como principio generador en el arte?
Ha generado muchos impulsos en el mundo creativo. El arte no es más que un gran accidente y no es más que una suma de errores.
¿Por qué errores?
Son errores en el sentido de que cada acto creativo es un intento de crear una idea que siempre está frustrado, porque no acabamos nunca de representar lo que queremos. Pero en ese intento surgen nuevos hallazgos.
¿Cómo eligió esos cuatro colores de los que me hablaba?
Cuando empecé a pintar, al no tener recursos, solo utilizaba tinta negra y café, nada más. Después encontré en una reproducción de las pinturas rupestres un cuadrito que tenía verde, ocre, amarillo y negro. Estaba tan bien puesto que podría ser Mondrian, Rothko, cualquiera. Y me di cuenta de que no era necesario andar indagando tanto. Ese fue el inicio de mi pintura.
Pero luego ha llegado a tener una proyección internacional.
La suerte son unos dados que uno ha pintado. A mí me fue muy bien porque empecé a vivir de mi pintura, gané premios y gracias a eso tuve dinero. Estuve en Nueva York, viví en París y allí fue la adversidad, porque nunca expuse, pero sabía sobrevivir en este mundo y empecé a tener éxito encontrándome a determinados seres en la vida. Uno está más cerca del éxito si está más cerca de un buen árbol que si está en el desierto. Yo me acerqué a un judío polaco que era amigo de un joven Pierre Levai, de La Marlborough, y del Rey del estaño, y de gente banquera que me compraban los cuadros para sus oficinas de Boston. El novio de David Hockney escribió textos sobre mi obra y empecé a conocer gente del mundo del arte. No sé cómo empecé a vender mis cuadros, pero una de las cosas más representativas es que me peleé con todas las galerías y me quedé aislado. Pierre Levai se quedaba un 80%, yo no iba a vivir con lo que me quedaba. Pero siempre fue muy atento conmigo y mis cuadros se cotizaron a través de una comida que tuvo con unos magnates. Y pasaron de 1.000 a 10.000, 20.000, 30.000 dólares. Todo ha sido oferta y demanda, y no estoy en galerías, pero tengo 68 años y ya no me importa ser conocido. En realidad es una lata.
¿Qué opina del mercado del arte?
El mercado es natural. Reconozco ese mundo de cotizaciones extraordinarias de poner un plátano en la pared y que cueste un millón de dólares. Conozco a los que tienen miles de millones, para los que no significa nada invertir en un concepto. Pero el dinero, lo mismo que el arte, es una fantasía.
Viene de Madrid. ¿Qué le pasa por la cabeza al ver a los grandes maestros en el Prado?
Pasa una cosa. En México hemos imaginado el arte europeo, porque no tenemos una cultura de la pintura. Tenemos la cultura de imaginar el famoso ultramar. Pensamos en un Paul Klee o un Velázquez gigante y luego quizá es pequeñito. Pero cuando venimos a España nos damos cuenta del silencio de Velázquez y de su espacio. Toda la historia de la pintura del Prado es el mundo del arte clásico con sus técnicas de plomo, de la alquimia, la magia de los colores. El arte es de unos pocos: Leonardo, Velázquez, Goya. En realidad se cuentan con los dedos, no es que el arte se dé como macetas en flores. Y todo el arte contemporáneo gira como un universo alrededor de esos artistas que están ahí. No hay nada nuevo. Aunque tampoco tiene por qué haberlo.
¿Cómo está su país ahora?
México siempre ha sido un país en formación. Nunca ha dejado de formarse. Y, además, todos los muertos están vivos. Incluso para votar en las elecciones son evocados, los héroes, los personajes, todos están presentes. México vive de su pasado, nunca ha podido vivir de su presente. Además, la violencia se ha sumado a tal grado que ha contaminado todas las esferas de la sociedad.
¿El revisionismo, el perdón que se le pide a España?
Es un cuento chino. Y es muy triste porque es muy elemental, no es muy creativo, no es un acto político creativo. Lo que el Estado quiere es darle circo y miseria a los más pobres. Es lo que pasó en Venezuela y Cuba. Es un lavacocos. Lo que les importa es vivir en una historia en la que todo es culpa del pasado. Mientras tanto, lo más grave en México es que por primera vez en la historia del mundo después de los tratados de la lucha contra el crimen organizado, el estado y la mafia se han integrado para poder tener recursos para ganar las elecciones. Ya lo había denunciado Muñoz Ledo, que se dio cuenta de que el Estado se iba al terminar sus funciones pero los narcos no se iban a ir. Y eso es lo que acaba de pasar. Por eso necesitan echarle la culpa a Hernán Cortés.
Por último, ¿quiénes son sus amigos en Asturias que le han invitado?
Los llamo los indianos. Es gente muy exitosa en México que han hecho una gran riqueza y una aportación a través de su trabajo a su lugar de origen. Piense, por ejemplo, que no es tan fácil montar una empacadora de atún en el Pacífico. Siempre me han invitado, nunca había venido y ahora tengo esta fortuna y estoy muy contento. Me siento afortunado de concederles y de agradecerles esto, porque estoy conociendo una zona que tenía muy lejos. Generalmente uno piensa en China, en Japón, en París, en Madrid. Pero a estas regiones uno no viene mucho. Y hay buena arquitectura, buenos jardines, y una gastronomía extraordinaria.
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