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El Ayuntamiento nombra al psicoesteta Ramiro Fernández Hijo Adoptivo de la capital: "Me siento como un arbolín trasplantado con cuidado a Oviedo, donde creció"

El allerano recordó sus raíces mineras durante el acto de nombramiento, donde prometió llevar "siempre unido a su nombre" el de la ciudad que le acogió

Ramiro Fernández Alonso.

Ramiro Fernández Alonso. / Luisma Murias

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La "psicofisicoestética" es una disciplina con la que Ramiro Fernández ha buscado "suavizar la aspereza de la vida y endulzar la autoestima de las personas", convirtiendo su trayectoria en un ejemplo de gratitud colectiva. A la postre, le valió ayer el título de Hijo Adoptivo de Oviedo al allerano y lo asumió con el compromiso de "desde hoy y para siempre, llevaré el nombre de Oviedo unido al mío como el mayor de los honores". Fernández, nacido en San Miguel de Nembra, comparó su trayectoria con un proceso de arraigo natural en la capital.

"Me siento como un arbolín que comenzó su vida en tierra humilde y que fue trasplantado con cuidado a Oviedo, donde encontró el espacio y el tiempo necesarios para crecer", explicó el psicoesteta, que tuvo unas palabras de recuerdo para su familia y las numerosas pérdidas a causa de la silicosis a causa de la minería, así como la dureza del oficio.

En la ciudad, sus raíces se extendieron definitivamente entre los muros de un salón de peluquería que, según sus palabras, ha sido mucho más que un lugar de trabajo. Fernández reivindicó su oficio como una profesión profundamente humana basada en la escucha y el cuidado de la imagen. "Quise que mi trabajo fuera también un espacio de encuentro y compromiso con la ciudad en una sociedad donde la soledad, especialmente la de nuestros mayores, se ha convertido en una herida silenciosa", explicó. Desde su establecimiento, el peluquero ha trabajado por prestigiar una labor ancestral, convirtiéndola en una herramienta para mejorar la salud emocional de los ovetenses.

El momento más emotivo de su intervención llegó al recordar sus orígenes en una familia marcada por el sacrificio de la mina. Último de siete hermanos, evocó con gratitud a sus padres, Dionisio y Candela, y el dolor de perder a su progenitor y a tres de sus hermanos a causa de la silicosis. Aunque no bajó al pozo, aseguró haber vivido su profesión con la misma "energía y dignidad" que los mineros, heredando de aquella infancia el sentido del esfuerzo y la fortaleza frente a la adversidad. Con humildad, recordó cómo en su niñez era visto como aquel "guaje del que poco se esperaba, el más ruin de la camada", un contraste conmovedor frente al reconocimiento de una ciudad que hoy le abraza de forma oficial.

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