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Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, defiende el poder del lenguaje en el Club LA NUEVA ESPAÑA: «Las palabras son todo; la Historia se hace con ellas»

«Es muy peligrosa una sociedad que maltrata a la educación pública y defiende la igualdad creando colegios de élite para hijos de ricos», asegura el director del Instituto Cervantes, en conversación con Gaspar Llamazares

Por la izquierda, Gaspar Llamazares y Luis García Montero, en el Club LA NUEVA ESPAÑA.

Por la izquierda, Gaspar Llamazares y Luis García Montero, en el Club LA NUEVA ESPAÑA. / Luisma Murias

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María José Iglesias

María José Iglesias

«Las palabras son todo;la Historia se hace con palabras». El poeta granadino Luis García Montero, director del Instituto Cervantes desde 2018, convirtió ayer su intervención en el Club LANUEVAESPAÑA en una reivindicación del valor de la cultura, la educación y el lenguaje como pilares de la democracia, frente a una sociedad que, a su juicio, vive amenazada por la crispación, el individualismo y la pérdida de lo colectivo.

Presentado por el portavoz de IU en el Ayuntamiento de Oviedo, Gaspar Llamazares, buen amigo y compañero de filas políticas, García Montero regresó a la ciudad con la que mantiene una estrecha vinculación emocional y literaria, marcada por la figura de su amigo y maestro Ángel González. «Para mí es siempre una alegría estar en Oviedo», confesó. Llamazares inició el diálogo con una reflexión sobre los trágicos incendios forestales en Almería y el clima de confrontación política que han generado. Llamazares lamentó que, incluso ante tragedias de este tipo, el debate público se limite al reparto de culpas. García Montero recogió el guante para advertir del riesgo que supone banalizar problemas como la emergencia climática. «Hay que tomarse en serio el cambio climático», remarcó.

Para el escritor, el deterioro del debate público va mucho más allá de la discusión política. «Está habiendo un desmantelamiento de la confianza en la política y eso es un gran riesgo para la democracia», aseguró, alertando de que desacreditar sistemáticamente a quienes se dedican al servicio público supone una amenaza para las instituciones. La poesía apareció entonces como el mejor antídoto frente a esa fractura social. García Montero reivindicó la tradición literaria que aprendió, entre otros, de Federico García Lorca y de Ángel González, una poesía capaz de unir «razón y corazón», comprometida con la vida cotidiana. Recordó que González sabía distinguir la poesía de la política, «diferenciaba con claridad un poema de un panfleto». «Un poema es un ejercicio de conocimiento», resumió, convencido de que la historia también se construye a través de las pequeñas experiencias humanas.

Recuperar el «nosotros»

Ese concepto desembocó en una de las palabras más repetidas a lo largo del acto: «nosotros». Frente a la cultura del individualismo, García Montero defendió que la literatura y la lectura son ejercicios de comunidad. «¿Qué digo cuando digo 'te quiero'? El amor es la construcción de un nosotros, la construcción de una convivencia», reflexionó.

Criticó al neoliberalismo, apoyándose en las reflexiones de la filósofa Adela Cortina sobre la desaparición de las ilusiones colectivas. «Se impone un modelo que responsabiliza al individuo tanto de sus éxitos como de sus fracasos, debilitando cualquier idea de comunidad. Las redes sociales refuerzan individualismos de gente que no comparte una convivencia, sino que fortalece sus propias convicciones desde una marcada soledad», reseñó.

El Instituto Cervantes como divulgador

Sobre el papel del Instituto Cervantes, García Montero reivindicó una institución concebida no para imponer una identidad, sino para divulgar «la cultura española y en español», respetando la diversidad de quienes comparten la lengua. «Más de 630 millones de personas hablan español y los españoles somos el nueve por ciento de esa comunidad lingüística», señaló. Lejos de cualquier tentación imperial, defendió el español como puente entre Europa y América Latina y como espacio de convivencia entre culturas. Citó como ejemplo la traducción del poema «Grito hacia Roma», de Lorca, a 28 lenguas indígenas americanas, así como la enseñanza de catalán, gallego y euskera en sedes del Cervantes o un convenio suscrito con el Principado sobre el asturiano. García Montero, que piensa volver a su cátedra de Literatura en la Universidad de Granada, cuando finalice su periodo en el Cervantes, lamentó tanto el rechazo al español desde algunos sectores del nacionalismo catalán como la hostilidad hacia el catalán desde posiciones opuestas. «Me pongo nervioso cuando se quiere negar el bilingüismo», reconoció.

El escritor y filólogo contó cómo descubrió a Lorca siendo un niño, al encontrar sus obras completas en la biblioteca familiar, «en el salón de las visitas al que no nos dejaban entrar ». Aquella lectura despertó una vocación que acabaría marcando su trayectoria. Reivindicó la vigencia de Lorca y celebró «que está de moda». «Con ‘Poeta en Nueva York’, tras vivir la crisis de Wall Street del primer cuarto del siglo XX, denunció un mundo sometido al dinero y reivindicó la palabra amor frente a la explotación», aseguró.

«Es muy peligrosa una sociedad que maltrata la educación pública y defiende la igualdad creando colegios de élite para hijos de ricos», advirtió. En una época en la que los niños corren el riesgo de educarse más en las redes sociales que en los libros, defendió la enseñanza pública como garantía para preservar la cultura y ese «nosotros» que recorrió la conversación. García Montero finalizó leyendo a Federico García Lorca. Eligió, no de forma casual, «La aurora» y «Grito hacia Roma».

Antes de terminar, y ante la inminencia del partido España-Bélgica mencionó a Almudena Grandes, su mujer, fallecida en 2021, con la que aprendió a ejercer una «doble militancia», al ser ella del Atlético de Madrid, frente a su preferencia por el Real Madrid

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