Fallece José María Geijo, histórico y querido profesor del colegio de los Dominicos de Oviedo, al ser arrollado por un coche cuando iba en bicicleta en Palencia
El docente deja una huella imborrable en varias generaciones de alumnos

José María Geijo. / LNE
José María Geijo Álvarez, histórico y querido profesor de Matemáticas del colegio Santo Domingo de Guzmán y maestro de varias generaciones de alumnos, falleció el miércoles cuando disfrutaba de una de sus pasiones: montar en bicicleta. El accidente contra un turismo tuvo lugar en la carretera CL-615, a la altura del término municipal de Perales, en Palencia. Su recuerdo dibuja a un hombre de una cultura inagotable, amante de los libros, del cine y de la música clásica. Dos pasiones ocuparon, sin embargo, un lugar especial en su vida: el arte románico y dar pedaladas. Siempre que podía, las unía. «Era una persona excelente. Todo el mundo le quería porque él se hacía querer». Así lo recuerda su hija Jacoba Geijo en mitad de la capilla ardiente que quedó este jueves instalada en el tanatorio de Carrión de los Condes. Este viernes, a la una, se celebrará allí el funeral y, en septiembre, la familia organizará una misa para que sus amigos y alumnos de Oviedo le den el último adiós.
Nacido en Oviedo en 1940, Geijo tenía una mente brillante. Fue uno de los alumnos más excelentes del colegio de los Dominicos y estudió en la Escuela de Minas. Cualquier empresa se habría rifado tenerlo entre sus filas, pero él optó por la docencia. Volvió a las aulas que le vieron crecer convertido en profesor de Matemáticas. También ejerció la docencia en el ámbito universitario, vinculado al departamento de Explotación y Prospección de Minas. Sus métodos de enseñanza dejaron huella. No se limitaba a transmitir fórmulas. Quería que sus alumnos comprendiesen el razonamiento que había detrás de cada operación, que dedujesen y resolviesen los problemas. En una época en la que la enseñanza se apoyaba principalmente en el libro de texto y la repetición, Geijo elaboraba sus propios materiales. Sus estudiantes recibían cuadernos de colores y hojas con ejercicios que debían completar hasta desarrollar matemáticamente todo el temario.
Su hija lo define como un adelantado a su tiempo. En la Escuela de Minas tuvo acceso a uno de los primeros ordenadores de España y pronto trasladó esa curiosidad tecnológica a su casa y a su trabajo. Llegó a desarrollar su propio procesador de textos para preparar los materiales que utilizaba en las aulas. Algunos de sus alumnos destacaron en las Olimpiadas de Matemáticas y, décadas después, continuó adaptando y reeditando aquellos cuadernos para sus nietos, Néstor y Ciro. También disfrutaba jugando con ellos al ajedrez.
Sara Bárcena de Cuendias, directora general del Colegio Santo Domingo de Guzmán, lo recuerda como «un profesor muy querido» y una persona especialmente innovadora. Aunque se retiró antes de lo previsto a causa de una enfermedad, nunca perdió el contacto con el centro ni con quienes habían compartido con él tantos años de trabajo. «Fue una persona muy visionaria para el ejercicio de la docencia», destaca. Metodologías activas, proyectos y una atención individualizada que hoy forman parte habitual del lenguaje educativo ya estaban presentes en sus clases.
Ricardo Aguadé, que fue alumno suyo y es profesor de Religión en Secundaria y Bachillerato, conserva una impresión semejante. «Era un profesor extraordinario, una persona culta y con una cabeza privilegiada», afirma. Sus clases resultaban interesantes porque Geijo podía explicar Matemáticas y, al mismo tiempo, abrir una conversación sobre otros campos del conocimiento. «Tenía un método de enseñar muy atractivo. Era un gran profesor», sostiene. El padre Valdés, antiguo compañero, destaca su dimensión humana y su empeño porque ningún alumno se limitase a memorizar. «Fue un gran profesor y una gran persona. Fomentaba mucho el razonamiento y que los alumnos entendieran bien las cosas», señala.
Entre clase y clase encontraba tiempo para montar en bicicleta. Anotaba cuidadosamente cada kilómetro que recorría y llegó a acumular una distancia equivalente a tres vueltas a la Tierra. Cada vez que completaba simbólicamente una de ellas, invitaba a su familia para celebrarlo. A sus bicicletas les ponía los nombres de sus hijas, Lisi y Jacoba, y más tarde también los de sus nietos. Ni siquiera un ictus sufrido a principios de siglo logró apartarlo definitivamente de los pedales. Tampoco lo hizo una rotura de cadera. Un año después, volvió a subirse a la bicicleta. Su resistencia física y su voluntad sorprendían a quienes lo rodeaban. Con 85 años seguía realizando recorridos largos y hace apenas veinte días completó el trayecto entre Oviedo y Carrión de los Condes, atravesando el puerto de San Isidro.
José María Geijo deja a su esposa, Concha Cacho; a sus hijas, Lisi y Jacoba; a sus hijos políticos, Pablo y Andoni, y a sus nietos, Néstor y Ciro.
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