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Adiós al histórico Bar Madrid, en Oviedo, "uno de los pocos chigres que quedaban" en la ciudad y en el que se comía "como en casa"

José Manuel Rodríguez se jubila, tras casi 30 años al frente del local, en una jornada llena del cariño de los vecinos: "Es una pena"

José Manuel Rodríguez tirando una caña.

José Manuel Rodríguez tirando una caña. / A. G. V.

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Alba G. Villanueva

"Adiós, Madrid", exclamó un cliente al salir del local. Dentro, una estampa de abrazos, besos y apretones de manos dibujó la última jornada del histórico Bar Madrid, en la Tenderina Alta. Después de 48 años en la hostelería y 27 a cargo del bar, José Manuel Rodríguez bajó, este viernes, la persiana por última vez.

¿Tienes unes aceitunines, José?, preguntó Chema Fonsagra. "Creo que me queda un bote", contestó desde detrás de la barra. Con lo poco que les quedaba, el dueño y su mujer, Ana Lobo, apuraron los aperitivos y las comidas. Pero, en realidad, eso era lo de menos. El punto de encuentro del barrio, como muchos vecinos lo describieron, estaba a punto de cerrar y lo importante era disfrutar de la compañía y despedir al local que consiguió convertir a sus clientes en una gran familia.

José Manuel Rodríguez sirve un vermut a Chema Fonsagra en la izquierda y Chema de Paz en la derecha.

José Manuel Rodríguez sirve un vermut a Chema Fonsagra en la izquierda y Chema de Paz en la derecha. / A. G. V.

"Es una pena que cierre, el ambiente es muy familiar, somos todos gente del barrio ¡y de todo tipo!", comenta Gemma Alonso, que lleva acudiendo quince años. "Es un chigre clásico, de los pocos que quedan en Oviedo. La atención es muy cercana y se come como en casa", asegura desde la barra Fernando Martín. A su lado, Maxi Díaz, que conoce a José Manuel Rodríguez desde hace 40 años, le describe como "un buen chaval, lleva toda la vida trabajando", lo señala y agrega: "Ahí está, acelerau, para arriba y para abajo, dándolo todo como siempre". 

Por la izquierda, Félix González, Chus Sánchez, Brayan Hernández, Tomás Prieto y Luis Molina justo antes de comer.

Por la izquierda, Félix González, Chus Sánchez, Brayan Hernández, Tomás Prieto y Luis Molina justo antes de comer. / A. G. V.

En una de las cinco mesas, se preparan para comer Chus Sánchez, Féliz González, Brayan Hernández y Luis Molina. "Clientes fieles y habituales", así se describen y añaden, "es una pena que cierre porque el trato con la gente, los precios y la comida son muy buenos". "Desde que descubrí los callos, no hay mes que pase sin venir a comerlos y, encima, los ponen todo el año", comenta Chema Fonsagra. Frecuenta el local desde hace muchos años y lamenta que "cuando muere un bar, muere también la historia del barrio". Lo mismo piensa Carmen Rubio, que viene desde hace 50 años: "Me da pena que cierren los negocios, porque muchos luego no abren y el ambiente de barrio se pierde poco a poco". Junto a ella, Glenda Huerto añade: "Ellos necesitan descansar, pero estaría bien que llegase alguien nuevo y otra generación pudiera vivir estos lugares de comunidad". Una retahíla de elogios hacia el bar y sus dueños llenó la boca de los presentes. Aunque con pena, todos coinciden en que quienes lo regentan también merecen su esperado retiro.

Ambiente del bar mientras José Manuel Rodríguez atiende a sus clientes.

Ambiente del bar mientras José Manuel Rodríguez atiende a sus clientes. / A. G. V.

"Ahora es tiempo de descansar", explica el dueño; "subiremos este domingo al mercado del Fontán, a él le hace mucha ilusión", añade su mujer. Tras tantos años de entrega al negocio, no recuerdan la última vez que libraron un domingo para tomar el vermut juntos. "Yo creo que fue mi cocina y su buen carácter lo que nos permitió ir levantando el bar poco a poco", explica Ana Lobo. Después de tanto tiempo, mira hacia atrás y concluye que la relación cliente y camarero se ha disipado, "hemos conseguido lograr una gran familia". "Pero eso no se gana de un día para otro. Se necesita trabajo y sacrificio", argumenta su marido. El matrimonio recibió durante estas semanas una gran afluencia de vecinos que les mostraron el cariño de una familia elegida. "El domingo pasado marchaban del bar llorando", dice él; "nos han traído hasta regalos", comenta ella. Pese a todo, aseguran que no dejarán de verles por el barrio del que también son vecinos. 

Por la izquierda, Carmen Rubio y Glenda Huerto posan con un detalle que el bar les regaló en el Día de la Madre.

Por la izquierda, Carmen Rubio y Glenda Huerto posan con un detalle que el bar les regaló en el Día de la Madre. / A. G. V.

Antes de cerrar definitivamente, ella se llevará la vajilla de su madre; él, el escudo del Real Madrid tallado por un cliente. Recuerdos de toda una vida que han latido dentro de un local que, en caso de que alguien volviera a abrir, aseguran con emoción, volverían a visitar: "Vendríamos toda la cuadrilla, nos juntaríamos aquí de maravilla".

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