La discreta Santina que vela por los enfermos del Monte Naranco
Escondida en los jardines del hospital, la réplica de la Virgen acompaña a pacientes, vecinos y trabajadores desde hace más de cincuenta años

Dos trabajadoras del Monte Naranco, ante la réplica de la Santina en los jardines del hospital. | MIKI LÓPEZ
Alba G. Villanueva
"No la conocía hasta que empecé a trabajar aquí. Es muy bonita y mira lo cuidada que está". Yaiza González es celadora en el hospital Monte Naranco de Oviedo y en sus ratos de descanso le gusta sentarse junto a su compañera Carla López en uno de los bancos frente a la réplica de La Santina. La Virgen aguarda discreta en los jardines detrás del hospital y, aunque conocida por los trabajadores y vecinos de la zona, su existencia suele pasar desapercibida para la mayoría de los ovetenses.
El hospital fue inaugurado el 21 de octubre de 1947 como sanatorio antituberculoso. Las terrazas orientadas al sur, donde los pacientes reposaban, y su ubicación, entonces rodeada de pinos y eucaliptos, favorecían la curación. En aquella época, además de las enfermeras, colaboraban en la actividad sanitaria las Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones. Desde entonces, el centro se ha transformado hasta convertirse en el actual hospital médico-quirúrgico, asociado a la Universidad de Oviedo.
Al igual que su paradero, la historia de cómo llegó la réplica al hospital es conocida por muy pocos. Charo García se incorporó al sanatorio en 1974 para realizar sus prácticas como trabajadora social y posteriormente pasó a formar parte de la plantilla. Relata que allí conoció al médico Melquiades Cabal, entonces director del hospital e hijo del propietario de los terrenos donde se encuentra. Según rememora, él le confesó el cariño especial que sentía por aquella Virgen, que había formado parte de su infancia, ya que originalmente estuvo ubicada en una hornacina dentro de la finca. Sin embargo, un vecino de la zona ofrece una versión distinta. Asegura que fue traída en andas por jóvenes del barrio desde la capilla de San Antonio de Padua, situada entonces en Fuente La Plata, parroquia a la que, según Piedad Rodríguez, trabajadora jubilada del hospital, pertenecía en su momento el centro sanitario.
En lo que todos coinciden es en que fue la monja Sor Regina quien promovió la construcción de la gruta de piedra que cubre a La Santina. "Decía que la Virgen no podía estar a la intemperie", cuenta Charo García. "Sor Regina era una persona muy bien formada y minuciosa. Fue una mano imprescindible", describe Piedad Rodríguez, quien entró a trabajar en el hospital en 1971.
Rafael Cevero, facultativo del hospital desde 1967 hasta 2007, explica que en 1968 la monja le pidió ayuda para hacer la gruta y él aceptó. Realizó tres o cuatro viajes a un calero de Mieres donde pidió permiso para coger las piedras. Después las transportó en el maletero de su Renault Dauphine y fueron colocadas por albañiles, personal del centro e incluso pacientes. Otro testimonio sostiene, además, que algunas de las piedras se trajeron de Covadonga tras una excursión.
Según Piedad Rodríguez, el 8 de septiembre de 1972, día de la patrona de Asturias, se realizó una inauguración: "Tengo una foto en la que aparecemos muchos de los trabajadores, pacientes y monjas alrededor de La Santina. Fue una ceremonia muy bonita". Su hermana, Corona Rodríguez, sostiene que unos años después, sobre 1974, acompañó a Sor Regina a por más piedras para construir una rocalla alrededor del altar. Las recogieron de una cantera en San Claudio y las subieron en un camión. "Sor Regina tenía mucho gusto para elegir las piedras".
Santanderina y formada en Valdecilla, la monja se ocupó, hasta su fallecimiento, de la conservación de la Virgen, una labor a la que dedicó mucho tiempo con esmero. "Acababa su jornada y se ponía a mover piedras. Las demás monjas se preocupaban por su salud, decían que acabaría enfermando". "Más bien baja, rubia y de cara fina, era sumamente educada y muy querida. Tanto te reparaba un grifo como quitaba puntos o arreglaba el altar. Hacía de todo", describe Charo García. La Virgen estuvo siempre muy bien cuidada y nunca le faltaron flores y velas, que se apagaban por las noches para evitar accidentes.
Esta Santina, además, según cuenta Charo García, tuvo siempre mucha devoción y se dijo que era "muy milagrosa". También ella le guarda mucho cariño y recuerda que, en momentos difíciles de su vida, se asomaba al balcón y le pedía ayuda. "En ocasiones, cuando era joven, le pedía a una amiga que bajase a ponerle una vela por algún examen que no había estudiado mucho. ¡Y ponía otra en la capilla por si no era suficiente!", comenta entre risas.
Siempre presente
El pequeño altar sigue formando parte de la vida cotidiana del hospital y de su entorno. "A visitarla vienen también otros compañeros, familiares de pacientes y vecinos que pasean el perro por aquí", cuenta Yaiza González. "Esta senda es muy cómoda para caminar. La gente sube, se sienta, da un paseín", añade Susana Cañibano, secretaria del área de gestión clínica de geriatría en el hospital Monte Naranco y pieza clave para reunir muchos de los testimonios.
Pero esta Virgen no solo robó el corazón de los asturianos. "Hace años tuvimos a un paciente polaco que, al verla, se enfadó mucho porque decía que estaba mal cuidada. Fue a hablar con el gerente para que le dejaran pintarla, pero no se lo permitieron porque estaba ingresado", rememora Cañibano, quien aclara que acabó siendo pintada años más tarde, tras un pequeño incendio.
Pequeñina y un poco escondida, La Santina de Oviedo lleva más de medio siglo velando por los enfermos del Naranco y viva en la memoria de quienes la vieron llegar, colocaron sus piedras y nunca dejaron que le faltaran velas ni flores, como Sor Regina, también presente en la memoria de toda la comunidad.
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