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Oviedo da su último adiós a José Luis Roca, el catedrático "con imán para la gente"

La iglesia de San Francisco de Asís, en la plaza de la Gesta, acoge el funeral por un profesor "culto e irrepetible" al que "daba gusto escuchar hablar"

El coche fúnebre con las cenizas de José Luis Roca antes del funeral, con los familiares entrando a la iglesia de San Francisco de Asís; en el recuadro, retrato del fallecido.

El coche fúnebre con las cenizas de José Luis Roca antes del funeral, con los familiares entrando a la iglesia de San Francisco de Asís; en el recuadro, retrato del fallecido. / Irma Collín

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La iglesia de San Francisco de Asís, en la plaza de la Gesta de Oviedo, fue ayer epicentro del afecto y el respeto intelectual de la ciudad. El funeral por José Luis Roca, el histórico catedrático de Literatura Hispanoamericana fallecido en la madrugada de este lunes a los 78 años tras no superar una larga enfermedad, congregó a una multitud compuesta por familiares, amigos y colegas que rindieron el último tributo a un hombre "culto e irrepetible". Ante el altar, la urna con sus restos descansaba con dos grandes centros de claveles rojos y blancos en una ceremonia en la que las descripciones del fallecido trascendieron lo académico para retratarle en lo personal como alguien "muy agradable" y con "imán para la gente".

Así lo recordó su hermano Agustín Roca en la entrada del templo, donde hizo un breve recorrido por su historia personal desde que ambos, que se llevan cinco años, compartían habitación en el seno de una familia numerosa. De aquellos tiempos rescató la imagen de un hombre que fue "trabajador desde pequeño" y dueño de una disciplina casi ritual.

"Por la mañana (de estudiante) se iba a la facultad con su famoso traje de pana marrón; volvía a las dos, comía con la familia y se ponía a estudiar a las tres sistemáticamente hasta las ocho de la tarde", relató con nostalgia. Esa firmeza fue la que le permitió ser catedrático a una edad muy temprana, aunque sin perder nunca el equilibrio entre el deber y el disfrute. "Cuando había que divertirse, se divertía como el que más", agregó el hermano, ya que cuando cerraba los libros el fallecido no se perdía nunca el clásico encuentro con sus amigos a última hora del día.

En el homenaje se recordó su inseparable vínculo con las tertulias –especialmente la del bar Grano de Oro, en la calle Félix Aramburu– y su asombrosa "capacidad de fabulación", cualidad que convertía sus conversaciones en auténticas sesiones de aprendizaje y entretenimiento.

"Daba gusto oírle hablar", recordaron sus familiares, que le definieron como el "pez guía" o la "oveja de esquila", en función de si el destino era de agua o de secano, al marcar el rumbo en los veranos familiares y en los círculos de amigos gracias a su carisma, según precisó su hermano. No obstante, no se obvió tampoco su firme personalidad y se destacó su autenticidad sin dobleces, ya que "procuró siempre no callarse nada, lo que tenía que decir, lo decía".

Por último, a término de la ceremonia religiosa del docente, oficiada por el párroco Juan José Tuñón, sí que se realizó una conclusión que aunque, triste por decir adiós a un ser querido, deja un poso de satisfacción en el corazón. "Creo que se fue con la satisfacción de haber tenido una vida plena", concluyó Agustín Roca sobre su hermano, cuyos restos recibieron cristiana sepultura en el cementerio de El Salvador.

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