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La historia de Geoffrey y Adrianna Hewings, los doctores de Illinois que se enamoraron de Oviedo: "¿Cómo no amar este entorno tan diverso?"

El matrimonio de académicos, que vive seis meses al año en la capital asturiana, donará un árbol que se plantará en el Campo San Francisco para «dar las gracias» a una ciudad que los conquistó hace una década

Geoffrey y Adrianna Hewings, junto a un olivo, en el Campo.

Geoffrey y Adrianna Hewings, junto a un olivo, en el Campo. / Irma Collín

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Los amores no se explican con la lógica, sino con el corazón. Para Adrianna y Geoffrey Hewings, el idilio con Oviedo se mide en las caminatas diarias que, desde hace diez años, realizan por el Campo San Francisco. Él, galés de nacimiento, catedrático y eminencia en economía regional, además de ser profesor honorífico de la Universidad de Oviedo; ella, estadounidense y doctora en virología vegetal. Juntos suman 56 años de matrimonio y una vida entera recorriendo el mundo, pero ha sido en la capital asturiana, entre pavos reales y los troncos centenarios, donde han encontrado su refugio definitivo. Ahora, en un gesto de generosidad en pro de echar raíces permanentes y para rendir honores a su ciudad adoptiva, el matrimonio ha decidido donar un árbol de origen norteamericano al parque ovetense para dejar un legado de reconocimiento a una ciudad que les ha acogido con los brazos abiertos.

La historia de los Hewings con la capital asturiana no comenzó con un tour turístico, sino en un laboratorio de la Universidad de Illinois. Allí, Geoffrey conoció a un puñado de jóvenes investigadores de la Universidad de Oviedo. «Así fue como descubrí Oviedo», rememora con una sonrisa. Uno de aquellos alumnos le invitó a pasar unos días en la ciudad y el flechazo fue instantáneo. «Me sentí muy cómodo aquí. Teníais una minería muy fuerte y una industria del hierro y el acero, que es con lo que yo crecí en el sur de Gales, pero también un entorno muy diverso. ¿Cómo no amarlo?», se pregunta.

Ese primer viaje fue el prólogo de una vida a caballo entre dos continentes. Durante casi dos décadas, debido a sus exitosas y exigentes carreras profesionales, el matrimonio vivió a menudo en ciudades distintas. Paradójicamente, la jubilación y Oviedo les han permitido, por fin, vivir juntos a tiempo completo durante los seis meses al año que pasan en la ciudad.

Integración absoluta

Su integración en la vida local ha sido absoluta y han vivido en todos los puntos de la ciudad. Incluso tuvieron una breve pero intensa estancia en el Casco Antiguo. «Vivimos en la calle Mon», recuerda Geoffrey entre risas, «¡con 22 bares y una discoteca en los bajos del edificio! No dormimos en dos meses». Hoy, instalados cerca de la Plaza de América, disfrutan de una rutina que consideran un lujo: la ausencia de coche.

En los Estados Unidos, vivir sin vehículo es una excentricidad; en Oviedo, para los Hewings, es salud y placer. Cada sábado bajan al Fontán. Geoffrey, panadero aficionado, busca la mejor harina; Adrianna, que al jubilarse ha cambiado las probetas por los fogones, se ha convertido en una experta en lentejas y pescado. «Si vamos a correos, pasamos por el parque. Si vamos a la Ópera, pasamos por el parque. Si vamos al Casco Antiguo, pasamos por el parque. Cada vez que caminas por aquí ves algún detalle que se te había pasado antes», explica el matrimonio, sentado en un banco del paseo del Bombé.

Esa conexión tan profunda con el Campo San Francisco es lo que les llevó a contactar con el concejal de Parques y Jardines, José Ramón Pando, para dar el paso de la donación. Ya son mecenas de la Ópera de Oviedo, pero sentían que le debían algo más a esta tierra y a Adrianna el vínculo con el mundo vegetal le viene en los genes. Su abuela, una mujer con un «instinto extraordinario» para las plantas, fue quien le enseñó a mirar y mimar los jardines. «He seguido sus pasos: amé las plantas, me convertí en científica, viróloga; todo fue por ella», explica Adrianna.

Aunque dejan la última palabra a los técnicos municipales para asegurar que la especie sea la adecuada para el clima asturiano, proporcionan una nutrida lista de especies candidatas. «No tengo un árbol favorito, sería como preguntarme si tengo un hijo favorito», bromea, «pero me gustaría que el que se plante sea hermoso y longevo para formar parte de este parque, lleno de árboles sanos, con formas exquisitas y bien podados».

Legado arbóreo

El gesto de los Hewings trasciende lo ornamental. Es un legado arbóreo de civismo y agradecimiento. Son conscientes de que, a su edad, están plantando una sombra que probablemente no disfrutarán en su plenitud, pero esa es precisamente la esencia de su regalo. «Alguien hace 50 o 100 años plantó todos estos maravillosos árboles para que nosotros los disfrutemos ahora. Nosotros solo queremos asegurarnos de que eso continúe», reflexiona Geoffrey, mientras Adrianna le aporta mayor profundidad: «Es contribuir con algo que nos sobrevivirá. Permanecerá aquí décadas después de que nosotros ya no estemos. Los regalos son importantes porque le dicen a alguien que te importa. Y a nosotros Oviedo nos importa mucho».

Mientras esperan a que sus hijos y sus nietos –a los que verán a su vuelta a Estados Unidos en noviembre, por el día de Acción de Gracias– entiendan por qué sus «locos padres» se escapan seis meses al año a esta esquina del norte de España, los Hewings siguen paseando por los senderos del jardín. Pero en breve, cuando crucen el Campo de San Francisco camino de una función en el Campoamor o de comprar harina en el mercado, habrá un nuevo brote que llevará su nombre, con raíz americana y el fruto de la gratitud y hermanamiento ovetense.

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