Relevo argentino para las abejas de Belarmino Álvarez en Oviedo
El apicultor ovetense, que se jubila sin sucesión familiar, confía sus 400 colmenas con apoyo de un programa regional a Jacobo Soria, un colega de 31 años que conoció en un viaje al país sudamericano: "Mejor él que nadie"

Belarmino Álvarez con una de sus colmenas. / LNE
Zaira Varas
Hay trabajos que se dejan al jubilarse y otros que cuesta un poco más abandonar. Belarmino Álvarez, a sus 63 años, está a punto de cerrar una etapa al frente de sus colmenas, pero no de marcharse del todo de la apicultura. Después de años dedicados a las abejas, unas 400 colmenas pasarán a manos de otra persona. Él dejará de producir, pero seguirá ligado al oficio desde el apiario escuela de Cuyences, en el Naranco, donde quiere ayudar a quienes quieran aprender, mientras su explotación, ubicada en San Cipriano de Pando, quedará en buenas manos. El relevo se hará efectivo este martes en Oviedo, en el marco de la presentación de las ayudas de sucesión de explotaciones promovidas por el Principado. Las abejas pasarán al cargo de Jacobo Soria, un apicultor que este lunes cumplió 31 años y al que Belarmino conoció hace años durante un viaje a Argentina. Allí coincidieron formándose en apicultura, en un país con una larga tradición y «muchísimo nivel» en el sector. Con el tiempo, Jacobo acabó trabajando en Sevilla junto a otro apicultor conocido de Belarmino Álvarez. Cuando este empezó a plantearse su jubilación, tuvo claro a quién quería llamar: «Yo me voy a jubilar. Si tú quieres hacerte cargo de la explotación, pues mejor para ti que para nadie», le planteó.
Una tradición que pasa de mano en mano
La historia tiene algo de vuelta al principio. Belarmino llegó a las abejas siguiendo una tradición familiar: «Mi abuelo ya tenía colmenas y luego un tío mío que se llamaba Avelino siguió con la tradición». Cuando su tío falleció, sus primos no quisieron continuar con la actividad y fue entonces cuando Belarmino Álvarez tomó el relevo. Lo que empezó como una tradición familiar terminó convirtiéndose en su oficio.
Hoy trabaja con unas 400 colmenas, aunque calcula que este invierno quedarán «trescientas y muchas». Este año la producción ha rondado las cuatro toneladas y media de miel. Cifras que dan una idea de la dimensión de una explotación que ahora cambia de manos.
Mucho más que poner alzas
Belarmino lleva muchos años entre abejas, pero reconoce que el sector tiene poco que ver con aquel que aprendió de su tío. Recuerda aquellos años de una forma casi rudimentaria: «Era llegar al apiario y poner alzas en todas las colmenas. Indiferentemente de que tuviesen más o menos abejas, en todas se ponían».
«Ahora no», explica. Hoy la apicultura exige mucho más manejo: revisar las colmenas, destaparlas, conocer qué está pasando dentro y tener un oficio que solo llega con los años.
También han aumentado los problemas. La varroa, la velutina, la micosis y otras amenazas han complicado el trabajo hasta el punto de que, en su opinión, «es bastante más difícil hacer miel ahora que hace 30 años».
Y eso hace que el relevo no sea tan sencillo como entregar unas colmenas y continuar. Para Belarmino, quien se pone al frente tiene que tener algo que no se aprende en un curso: pasión. «Esto es muy, muy, muy vocacional. Te tiene que apasionar este oficio», sostiene. Y cree que Jacobo Soria tiene precisamente eso que hace falta para continuar.
Un relevo que no llega desde casa
A Belarmino le habría gustado que la historia continuase dentro de la familia. Su hijo conoce las colmenas y todavía le ayuda, por ejemplo, con los traslados o con los trabajos de cría de reinas. Pero ha estudiado otra cosa y no quiere dedicarse a la apicultura. «La verdad es que me da un poco de pena, pero la vida es así», admite.
Por eso el relevo llegará desde fuera. Y para él, que además es presidente de la Asociación de Apicultores de Asturias, este caso sirve también para hablar de un problema más amplio: el futuro de las explotaciones cuando sus titulares llegan a la edad de jubilación y no hay nadie en casa dispuesto a continuar.
La solución, en su caso, no ha sido cerrar ni vender las colmenas sin más, sino encontrar a alguien que quiera seguir con ellas y que, sobre todo, tenga la misma vocación.
«Cuando me puse por mi cuenta fui más feliz»
El apicultor sabe bien lo que significa apostar por este oficio. Durante años trabajó para una empresa privada hasta que en 2016 decidió dejarla y dedicarse por completo a sus abejas. Ya tenía entonces varias colmenas, pero decidió crecer y convertir aquella actividad en su forma de vida. No se arrepiente. «Cuando decidí ponerme por mi cuenta y tirar para adelante con las abejas, creo que fue cuando más feliz fui en mi vida», recuerda.
Habla de una forma de trabajar muy distinta a la de hacerlo para otra persona. Hay jornadas interminables y momentos en los que toca arrimar el hombro más que nunca, pero también días en los que uno decide parar. «Aquí las reglas las pones tú», resume.
Por eso no cree que la apicultura esté condenada a desaparecer en Asturias. Al contrario. Considera que un apicultor puede vivir dignamente con unas 300 colmenas, siempre que tenga la preparación y, sobre todo, las ganas necesarias para sacar adelante la explotación. «Si esto te gusta, estás trabajando en el campo, y te apasiona, pues no sé, quizás seas más libre», añade.
El oficio continúa en el Naranco
Belarmino dejará de estar detrás de las 400 colmenas, pero no piensa alejarse demasiado. Desde el apiario escuela de Cuyences continuará formando a quienes quieran iniciarse y ayudando a quienes necesiten aprender: «Me dedicaré a ayudar al que tenga interés en aprender, allí desde el apiario de Cuyences que tenemos allá arriba en el Naranco, y allí estaré para ayudar a quien lo necesite y a quien le apetezca».
Porque él también recibió el oficio de su tío. Y ahora, cuando llega su turno de retirarse, ha encontrado a alguien a quien entregárselo.
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