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El concierto de Oviedo Filarmonía previsto en el Edificio Histórico de la Universidad para el miércoles 26 se traslada al Auditorio Príncipe Felipe ante las previsiones de lluvia

José Andrés Mir, Principal de Trombón de la sinfónica ovetense, interpretará el Concertino para trombón y orquesta de Ferdinand David, en un programa que se completa con la Sinfonía n.º 40 de Mozart

Orquesta Oviedo Filarmonía.

Orquesta Oviedo Filarmonía. / Juan Plaza

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Nicolás Silva García

El concierto de Oviedo Filarmonía previsto para este 26 de agosto, a las 19.00 horas, en el claustro del Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo, se trasladará a la Sala Principal del Auditorio Príncipe Felipe, a la misma hora, ante las previsiones de lluvia. Con entrada libre hasta completar el aforo, tendrá una duración aproximada de una hora, sin intermedio entre las obras.

A la batuta del director titular de la sinfónica ovetense, el maestro Lucas Macías, el Principal de Trombón de Oviedo Filarmonía, José Andrés Mir, interpretará como solista el Concertino para trombón y orquesta en mi bemol mayor, op. 4, del compositor y violinista Ferdinand David. Escrita en 1837, es una de las obras fundamentales del repertorio romántico para este instrumento y se considera uno de los primeros grandes conciertos para trombón. Fue dedicado al virtuoso Karl Traugott Queisser, quien lo estrenó en la Gewandhaus de Leipzig con Felix Mendelssohn al frente de la orquesta. La obra, de unos 16-17 minutos, está estructurada en tres movimientos —Allegro maestoso, Marcia funebre (Andante) y Allegro maestoso— y combina el lirismo y la elegancia melódica propios del lenguaje de David con una escritura solista que exige gran dominio técnico, flexibilidad y expresividad. Su estilo, muy próximo al de Mendelssohn, y su equilibrio entre virtuosismo y musicalidad han convertido el Concertino en una pieza de referencia dentro de la literatura para trombón solista.

El programa se completa con la Sinfonía n.º 40 en sol menor, K. 550, de Wolfgang Amadeus Mozart. Compuesta en 1788, es una de las obras más célebres y dramáticas del compositor y una de las grandes cumbres del clasicismo. Escrita en una tonalidad poco habitual en Mozart —sol menor, asociada a una intensa sensación de inquietud y tensión—, la sinfonía se caracteriza por su energía, sus contrastes y una expresividad sorprendentemente apasionada. Consta de cuatro movimientos: un Molto allegro de ritmo impetuoso, un Andante de carácter más sereno pero lleno de tensión, un Menuetto solemne y enérgico y un vertiginoso Allegro assai final. Mozart revisó posteriormente la obra y añadió partes para clarinetes, enriqueciendo su color orquestal. El resultado es una partitura de extraordinaria concentración y equilibrio, en la que la claridad formal del clasicismo convive con una intensidad emocional que anticipa, en cierto modo, el lenguaje romántico

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