La Policía de Barrio inicia su recorrido en La Corredoria salvando una vida: "Si no es por ellos no lo habría contado"
Los agentes destinados al distrito evitan que una mujer de 49 años se ahogue tras atragantarse en una cafetería: «Es muy importante tenerlos cerca»

VÍDEO: Félix Vallina, Amor Domínguez / FOTO: Fernando Rodríguez
Los agentes de la Policía Local apenas llevaban unas horas trabajando en La Corredoria cuando tuvieron que enfrentarse a una situación crítica. A media mañana, en una cafetería de la calle Jaime Truyols Santonja, una mujer de 49 años se atragantó mientras comía. Los policías, que patrullaban la zona, entraron de inmediato en el local y le practicaron la maniobra de Heimlich. La mantuvieron estable hasta la llegada de la UVI móvil, que la trasladó al HUCA. Una vida salvada en el primer día de servicio, difícil imaginarse una mejor carta de presentación para un servicio policial que nace para estar al lado del ciudadano. «Si no es por ellos no lo hubiese contado», dice uno de los testigos de lo ocurrido.
La intervención resume el espíritu de la Policía de Barrio que el Ayuntamiento acaba de estrenar en La Corredoria: presencia constante, cercanía y capacidad de reacción inmediata. Patrullas fijas por la mañana y por la tarde, todos los días del año, caminando el barrio, con tiempo para escuchar y para actuar. La jornada de estos dos agentes –prefieren no dar su nombre– había empezado mucho antes. A las siete y cuarto de la mañana ya estaban en la calle. Uno de sus primeros cometidos es vigilar la entrada a los colegios e institutos, controlar el tráfico en las horas punta y garantizar que los pasos de peatones sean seguros cuando los chavales llegan a clase.

EN IMÁGENES: La Policía de Barrio se estrena en La Corredoria / Luisma Murias
Después comienza el paseo. Literalmente. La Policía de Barrio trabaja caminando. En el parque de la calle Francisco Pintado de Fe, junto a la estación de trenes, los agentes se detienen a charlar con Celestino Cifuentes, Pedro Riesco y Antonio Marcos. Los vecinos lo tienen claro: La Corredoria no es un barrio peligroso, pero sí hay cosas que preocupan. Botellones de chavales, pintadas y algún robo reciente por el conocido como «método del abrazo cariñoso», una modalidad de hurto en la que el ladrón se gana la confianza de la víctima con gestos afectuosos para sustraerle la cartera o el móvil sin que apenas se dé cuenta. «Estamos muy contentos con este servicio», comenta uno de ellos. «Es importante tener a la Policía cerca, verlos por aquí, saber que les puedes decir cualquier cosa», añade otro. La sensación es compartida: solo su presencia ya es disuasoria.
Los policías no tardan en comprobar que lo que cuentan los vecinos no son exageraciones. En medio del césped aparece un spray de grafitis. Un poco más allá, localizan un agujero en la valla que separa el parque de las vías del tren. Lo señalizan de inmediato para evitar riesgos y redactan un informe que será remitido a Adif para que se repare.
Después, otro aviso. Una cadena de supermercados ha encontrado varias carteras y pertenencias personales olvidadas de sus clientes. Los agentes se acercan para recogerlas y trasladarlas a objetos perdidos. La empleada que les atiende, Ana Castro, agradece la rapidez. «Da tranquilidad saber que están cerca», dice. La mañana avanza y el paseo continúa. Hay tiempo incluso para lo anecdótico: dos obreros se acercan para preguntarles dónde pueden comer el menú del día. La escena provoca sonrisas. Esa confianza es, precisamente, uno de los objetivos del nuevo modelo. También hay intervenciones más serias. En mitad de la calle se cruzan con tres chavales en edad escolar que deberían estar en el instituto. Los identifican y los acompañan al centro educativo. Allí, el jefe de estudios les explica que «son buenos chicos, pero no les gusta ir a clase», explica. «Uno de nuestros cometidos es este», comenta uno de los policías. «No se trata solo de sancionar por sancionar, sino de estar encima de lo que ocurre en el barrio y de prevenir», añade.
La Policía de Barrio entra también en los comercios. En la farmacia de Sara González, la propietaria explica que hasta ahora no ha tenido grandes problemas, más allá de pequeños hurtos, y aprovecha para preguntar cómo puede solicitar una plaza de minusválidos frente al establecimiento. Los agentes le explican el procedimiento y toman nota. «Para lo que necesitéis, aquí estamos», le dicen antes de marcharse.
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