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La historia de Nacho Quintanilla: de River Plate a jugar en La Corredoria con una parada en Costa Rica

"Después de tanto tiempo apartado de las canchas por diferentes motivos, estoy disfrutando como nunca cada minuto. Siento que soy un referente para mis compañeros, me encanta hacer piña", destaca

Nacho Quintanilla con una bufanda del Oviedo City y con el mate que siempre le acompaña.

Nacho Quintanilla con una bufanda del Oviedo City y con el mate que siempre le acompaña. / Pelayo Méndez

La Corredoria

Nacho Quintanilla (Buenos Aires, 1997) es un apasionado del fútbol que acaba de fichar por el Oviedo City de La Corredoria, después de una trayectoria marcada por cambios de aires y diferentes experiencias que marcaron su carrera deportiva. Pasó por las categorías inferiores de River Plate, jugó en la segunda división de Costa Rica y una pubalgia le apartó de los terrenos de juego durante más de un año. Este trotamundos del fútbol puso fin a meses de problemas burocráticos gracias a la ayuda de la directiva del club ovetense y ahora defiende la camiseta celeste cada fin de semana. “Siempre que juego, entrego todo lo que tengo. Aquí estoy jugando de pivote, soy muy polivalente, quiero ayudarles todo lo que pueda e intentar pelear por un puesto en los play-offs”, aseguró.

“Nací con una pelota bajo el brazo”, suele repetir cuando echa la vista atrás para explicar una vocación que, por el contexto de Argentina, parece inevitable. Creció en el seno de una familia humilde de un barrio de Buenos Aires; sus primeros recuerdos están ligados al balón y a partidos interminables en la calle con sus amigos. No obstante, su infancia también estuvo marcada por la adversidad. La muerte prematura de su padre, cuando apenas era un niño, provocó serios problemas económicos en su casa.

Con apenas diez años recibió una beca para incorporarse durante una temporada a la cantera de River Plate, una oportunidad que aceptó sin dudarlo. Pasaba horas en la zona de entrenamiento y forjó una bonita amistad con Tato Montes, hoy entrenador de porteros del club, a quien ayudaba recogiendo y pasando balones en las sesiones. “Siempre fui hincha de River, para mí aquel año fue un sueño hecho realidad, pero pronto me di cuenta de que la competencia era feroz y que no iba a seguir jugando allí”, confesó.

Tras su etapa en la cantera de River Plate, y por recomendación de un amigo, decidió continuar su formación en el Club Atlético Defensores de Belgrano. Pese a las dificultades económicas que atravesaba su familia y al entorno complejo en el que creció, asegura que nunca se dejó arrastrar por los problemas de la calle. Vivió de cerca cómo algunos amigos caían en adicciones o se veían envueltos en episodios de delincuencia. “El fútbol siempre fue un cable a tierra para mí, me ayudó a evadirme de todas las distracciones que te puede generar la calle y me centré en el deporte”, explicó.

Abandonó Defensores de Belgrano y dio el salto al Sportivo Barracas, uno de los clubes más antiguos del país y pionero en el fútbol argentino, recordado, entre otros hitos, por haber sido el primero en realizar una gira europea. Cuando empezaba a asomarse a la dinámica del primer equipo y a entrenar con los mayores, una lesión en el pubis frenó su progresión. Aquella dolencia, que forzó para seguir entrenando, le impidió consolidarse en el momento más delicado del proceso. Al término de su etapa en el filial, el club le comunicó que podía quedar libre.

La pubalgia lo mantuvo más de un año alejado de los terrenos de juego; incluso llegó a plantearse la retirada porque no podía pagar un tratamiento para solucionar ese problema. Un viejo amigo, casado con una costarricense, le habló de opciones para continuar su carrera en Centroamérica. Con los pocos ahorros que había reunido trabajando, decidió arriesgar y cruzar el Atlántico rumbo a Costa Rica. Allí recaló en la segunda división y encontró el “contexto ideal” para reencontrarse con su mejor versión. Fue, según reconoce, una de las etapas “más gratificantes” de su trayectoria.

La irrupción de la pandemia le sorprendió en Costa Rica, donde había empezado a asentarse y construir una vida lejos de casa. La emergencia sanitaria y el cierre de competiciones le obligaron a desprenderse de lo que había ido comprando para establecerse en el país y regresar a Argentina. Lo hizo en uno de los vuelos de repatriación organizados durante los primeros meses del Covid. Cuando la situación sanitaria empezó a normalizarse, no perdió tiempo en retomar su carrera. Viajó a la Patagonia, donde encontró un nuevo club y empezó a estudiar en la Universidad.

Sin embargo, insatisfecho con la vida de estudiante, su trayectoria volvió a dar un giro de 360 grados. Por recomendación de su amigo Luca, que milita en el Muros Balompié y le habló de las oportunidades que podía encontrar en el fútbol regional asturiano, decidió emprender una nueva aventura. A mediados de 2024 hizo las maletas una vez más y se instaló en el Principado. Nada más llegar, comenzó a entrenar con varios equipos para no perder ritmo de competición. Pasó por el Colloto y por La Manjoya, mientras exploraba distintas opciones para regularizar su situación. La posibilidad de obtener el pasaporte italiano le abría muchas puertas, pero cuando el proceso estaba prácticamente listo, un cambio en la normativa frustró esa opción.

Fue entonces cuando la directiva del Oviedo City dio un paso al frente para ayudarle a resolver los obstáculos burocráticos y facilitar su inscripción. Con el respaldo del club, pudo centrarse exclusivamente en el fútbol y el pasado fin de semana celebró su primera victoria, después de más de un año sin jugar un partido. “Después de tanto tiempo apartado de las canchas por diferentes motivos, estoy disfrutando como nunca cada minuto. Siento que soy un referente para mis compañeros, me encanta hacer piña. Cuando llegué eran un equipo y ahora estamos construyendo un grupo, eso es muy importante en el fútbol”, concluyó.

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