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Daniel González, presidente del San Juan de la Carisa: "Le prometí a mi madre que no dejaré morir el club"

"Sería un sueño que el campo de fútbol ocho llevase su nombre, aunque también tiene algo de agridulce, porque ojalá ese reconocimiento hubiese llegado en vida", confiesa

"La colaboración con el Gurujoan es una ayuda mutua que ha sido clave para que el club pueda mantenerse y seguir creciendo", explica

Daniel González Urbaneja en el campo de fútbol siete.

Daniel González Urbaneja en el campo de fútbol siete. / Fernando Rodríguez

La Corredoria

Daniel González Urbaneja (Oviedo, 1980) asumió el cargo de presidente del San Juan de la Carisa casi "por obligación", tras el fallecimiento de su madre, María Luisa Urbaneja. Dirige el club con la intención de darle una oportunidad a todos los niños del barrio de disfrutar del fútbol. Actualmente, cuanta con equipos en todas las categorías y sigue reforzando su colaboración con el Gurujoan. Su único objetivo al frente de la entidad es "no dejar que el club desaparezca".

-¿Cómo nació el club?

-El San Juan nació en 1988 como una iniciativa de la asociación de vecinos, es el club más antiguo de La Corredoria. En un contexto de barrio trabajador muy afectado por los problemas sociales de los años 80 y 90, especialmente las drogas, se buscaba ofrecer a los jóvenes una alternativa positiva a través del deporte. La asociación propuso a mi padre, que tenía experiencia como entrenador, que liderara el proyecto y comenzara a darle forma al club. Sin embargo, en aquella época sacar adelante un equipo de fútbol era mucho más complicado que ahora, sobre todo por la falta de recursos e infraestructuras. El principal obstáculo era el económico, ya que muchas familias tenían un gran compromiso personal pero no podían aportar recursos, por lo que finalmente mis padres asumieron la responsabilidad principal y se quedaron al frente del club.

-¿Qué evolución tuvo con el paso de los años?

-Empezamos únicamente con el equipo regional, porque, al tratarse de un barrio con mucha gente joven, era lo más sencillo de poner en marcha en ese momento. Curiosamente, después incorporamos el equipo juvenil, siguiendo un desarrollo poco habitual, ya que en lugar de empezar desde las categorías inferiores, lo hicimos de arriba hacia abajo. En esos mismos años también surgió La Corredoria, impulsada por Lucinio, Alfonso y otras personas que continúan hoy, quienes sí comenzaron trabajando la base desde abajo, captando a los más pequeños. Mientras ellos crecían desde la base, nosotros lo hicimos al revés, empezando con jugadores más adultos y, progresivamente, fuimos creando las categorías inferiores: cadete, infantil y así sucesivamente. Con el tiempo, esto nos ha permitido consolidar toda la estructura de cantera, y hoy en día contamos con todas las categorías, desde prebenjamines, con niños de seis años, hasta juvenil.

-¿Por qué decidieron prescindir del regional?

-Fue una de las últimas decisiones que tomó mi madre. Durante años habíamos competido en distintas categorías, llegando incluso a Primera Regional con dos ascensos, y también tuvimos un equipo femenino que logró ascender en dos ocasiones a categoría nacional, lo que demuestra que ese proyecto funcionaba muy bien a nivel deportivo. Sin embargo, la falta de recursos económicos acababa condicionándolo todo. La decisión fue más por una cuestión de identidad: había dejado de estar formado por gente del barrio y pasó a nutrirse de jugadores de toda la ciudad, lo que hacía que se perdiera la esencia con la que nació el club, que no era otra que trabajar y dar oportunidades a los chicos del barrio.

-¿Cómo se sobrevive en Oviedo siendo un club humilde?

-Se sobrevive gracias a la ayuda y a la colaboración entre clubes. Hay algunos que parten con ventaja, no tanto porque trabajen mejor o peor, sino porque cuentan con más oportunidades, sobre todo a nivel de infraestructuras. Mientras nosotros en el Díaz Vega compartimos campo entre varios equipos, hay clubes que disponen de instalaciones municipales para uso exclusivo. Esto influye, por ejemplo, a la hora de captar jugadores: no es lo mismo ofrecer entrenar tres días en un campo completo que tener a 30 niños en medio campo, porque el desarrollo del futbolista no es igual. Al final, a nivel organizativo, todos los clubes son bastante similares y en nuestro caso contamos con un equipo humano muy bueno, pero la diferencia la marcan las condiciones.

-Colaboran mucho con el Grujoan

-Es una relación que viene de muy atrás, prácticamente de toda la vida. Mi padre nació en Pumarín y desde joven estuvo muy vinculado al fútbol del barrio. Una figura clave fue Luis Oliver, uno de los referentes del fútbol ovetense y amigo de la familia. Empezó entrenando en el Grujoan y, a partir de ahí, se generó una relación personal y deportiva que se mantuvo durante años, incluso a nivel familiar, ya que Oliver estuvo presente en momentos importantes como la boda de mis padres. Con el tiempo, esa relación se ha traducido en una colaboración muy importante para nosotros, en la que ellos nos han apoyado mucho a nivel de estructura, entrenadores y organización. Más que una filialidad, es una ayuda mutua que ha sido clave para que el club pueda mantenerse y seguir creciendo, basada no en el beneficio propio, sino en sumar y hacer más grande el proyecto común.

-¿Cree que, al igual que Luis Oliver tiene un campo con su nombre, su madre, María Luisa Urbaneja también merece ese reconocimiento?

-Sería un sueño que el campo de fútbol ocho llevase su nombre, aunque también tiene algo de agridulce, porque ojalá ese reconocimiento hubiese llegado en vida, para que ella pudiera sentir el cariño y el respeto de todo el entorno. No es una petición aislada, sino algo que cuenta con un respaldo muy amplio, visible incluso en redes sociales, donde mucha gente ha mostrado su apoyo. Desde la humildad, podría decir si se lo merece o no, pero sinceramente creo que se merece incluso más. Para mí, además, tiene un componente muy personal, porque me crié aquí, este era mi entorno, y me llena de orgullo pensar que su nombre pueda quedar ligado a este campo. Era su trabajo, su dedicación, su tiempo y su capacidad de gestionar y relacionarse; en definitiva, fue durante muchos años el alma del club y el pilar sobre el que se sostuvo todo un proyecto y, en gran medida, todo un barrio.

-¿Qué quiere lograr como presidente?

-Mi labor es, como mínimo, continuar con todo lo que construyeron mis padres y no dejar que el club desaparezca. De hecho, es una promesa personal: mi madre me lo pidió directamente, que no dejara morir el equipo, y eso es algo que asumo como una responsabilidad y también como un compromiso emocional. Al final, es lo que he vivido desde siempre; me crié en campos de fútbol, no es una decisión puntual, sino parte de mi vida, algo que me gusta y que disfruto. Hablamos de casi 40 años de trabajo y no quiero que eso se pierda. Mi objetivo es mantener y fortalecer la base, seguir teniendo niños desde los seis años hasta que se conviertan en adultos. Mi intención es seguir trabajando en el fútbol base, de abajo hacia arriba, aportando al barrio y representando a una parte muy importante de él.

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