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Crítica / Música

Mozart, principio y fin

Mozart, del Salz al Danubio, con el Támesis en medio y 24 años de diferencia entre su primera y última sinfonía, la KV 16, escrita en Chelsea con solo 8 años de edad, ya con su sello inconfundible que será cual marca eterna, terrenal y universal, hasta el firmamento "Júpiter" KV 551 (1788).

Acabando el verano musical, la "OFil" llenó el auditorio ovetense de protagonismo único para un viaje comandado por el titular Conti plenamente volcado, maestro de ceremonias, explicando movimientos e historia del momento, animando a aplaudir cada uno de ellos como entonces, y detallista por colocación vienesa, trompetas de llaves o baquetas de madera, tan conocedor del genio de Salzburgo como de "su formación", con la que se le nota cómodo y feliz, sacándole todo su potencial aun en pretemporada.

La Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor, deudora de los hijos de Bach -especialmente de J. Christian-, tripartita todavía y buscando contrastes tanto de tiempos, nunca extremos, como de juego tímbrico, limitado a cuerda más viento reducido (pares de oboes y trompas), forma sonata bien desarrollada y breve, donde la orquesta fluyó como el río en su nacimiento, "Allegro Molto" algo retenido para disfrutar del elemento cristalino, el radiante y sinuoso "Andante" tomando cuerpo orquestal dibujando claramente la firma mozartiana, sobresaliendo la variada dinámica con pinceladas de madera y notas tenidas del bronce, bien delineadas por Conti antes de la desembocadura a borbotones del "Presto", cascadas en la cuerda, espuma en las trompas y meandros sorteados con mano firme desde el podio.

Saltar a la Sinfonía nº 41 en do mayor supuso corroborar genialidad y magnitud de la forma, madurez desde la juventud y exploración llevada al máximo: cuatro movimientos más extensos con plantilla a la que se suman flauta, parejas de fagotes y trompetas más timbales, mayor caudal y paleta de color orquestal sin perder unidad, algo que Conti entendió desde el inicio y nuevamente sin forzar "tempi", destacando claroscuros al remarcar silencios ya desde el "Allegro vivace" casi escénico con protagonismo bien resuelto en cada sección orquestal, el "Andante cantabile" entre frondosa vegetación de finos contornos, el "Menuetto" casi vals por lo marcado del ritmo y el "Molto allegro" donde los fugados volvieron siempre al cauce sin desbordar los márgenes, música que fluye sin necesidad de remar.

Sólo podía regalarse Mozart: la obertura de "Las bodas de Fígaro" en similar línea sinfónica completando plantilla con clarinetes más segunda flauta para dar juego y luz a un concierto alegre además de fresco con la OFil y Conti.

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