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Crítica / Teatro

El hombre tupperware

Si alguien cree que Yasmina Reza inauguró el nuevo formato de comedia teatral de situación siglo XXI, se equivoca. Ya en 1976 Willy Russell escribía piezas como ésta para mostrar los hábitos de una clase media acomodada con paradojas y circunstancias muy de hoy en día (a menos que todo

La celebración del cumpleaños del protagonista, en crisis tras contemplar a unos jóvenes mochileros que le recuerdan sus sueños de juventud, es la excusa a partir de la cual el autor realiza una crítica amable, poco incisiva, al esnobismo de una burguesía insatisfecha, cursi y mentecata. Una serie de actos vandálicos, como la decapitación de los enanitos de jardín, unido a los anhelos de huida harán que todo salte por los aires para después recomponerse de la misma manera.

Gabriel Olivares, muy curtido en la dirección de comedias y responsable de los mayores éxitos de la cartelera madrileña, como Burundanga, adopta un tono desenfadado, farsesco, apurando los gags hasta la bufonada. El intercalado de cortes musicales, congelados fotográficos y efectos fantasmagóricos que actúan como elementos distanciadores y refrescantes, resultan a mi juicio innecesarios. Sostiene, eso sí, un ritmo ligero muy apropiado para una obra de estas características. La escenografía realista, casi preciosista, metida a calzador en el Filarmónica, reproduce el opresivo hábitat de una urbanización de adosados, como si de una casa de muñecas se tratase. Las alusiones a personajes mediáticos de actualidad, fruto de la dramaturgia de Juan Carlos Rubio, como Anne Igartiburu, el prorgrama "Tu cara me suena", Àngel LLàcer, David Bisbal, Julio Iglesias y Camela, son otro de los aciertos muy agradecidos por los espectadores.

Los cuatro personajes presentan caracteres bien diferenciados, Rafa (Manuel Baqueiro) en un registro más naturalista, es el más definido y con una interpretación sobresaliente, mientras que el resto, son estereotipos más caricaturescos. Ángeles Martín y Marina San José interpretan a Laura y Victoria, mujeres controladoras, manipuladoras y perfeccionistas, en el caso de Victoria hasta la psicopatía. Y Raúl Peña, muy desmadrado por momentos, encarna a Alfonso, un mequetrefe sin personalidad dominado por los instintos más bajos.

El título original de la obra fue El hombre tupperware, aludiendo a la encerrona aséptica de estos espacios, pero tras un pleito con la marca tuvieron que cambiarlo. El odio a los tupperware del protagonista, que incluso sueña con una invasión de tupper vivientes, representa el rechazo a la hiperplanificación de una vida reducida a la nada, encorsetada en una urbanización que es una madriguera de conejos. De ahí su deseo por excavar un túnel hasta llegar "al final de la carretera".

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