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Leopoldo Alas, fusilado un día como hoy

El rector recibió una descarga de odio y balas gritando "¡viva la libertad!"

20 de febrero: Leopoldo Alas, fusilado. Así titula un capítulo de su obra "Asturias, catorce meses de Guerra Civil" el asturiano Juan Antonio Cabezas, quien se definía amigo del rector de la Universidad de Oviedo, Leopoldo Alas Argüelles, fusilado, con total iniquidad, hace hoy ochenta años. No vamos a aportar nada nuevo a lo mucho escrito y contado sobre la vida y muerte del rector Alas, pero me parece pertinente, en este aniversario, colaborar a mantener viva la llama de su recuerdo y rendir un humilde homenaje a una persona de la que nadie pudo demostrar que hubiera cometido delito alguno merecedor de tal veredicto.

¿Pudo ser su sentencia una patada a su padre, Leopoldo Alas "Clarín" en las posaderas de su hijo? La ciudad burguesa y levítica que Clarín retrató en la Regenta, posiblemente, se cobraba viejas deudas aún pendientes. Puede ser.

Cuenta Cabezas su último encuentro con Alas. Fue en la tarde del domingo 19 de julio en el paseo de los Álamos. Allí se cruzó con él, "menudo, ágil de movimientos, nervioso y de rápidas reacciones, me recordaba siempre la imagen que me había formado de su padre 'Clarín', cuya biografía había escrito en el año 1935. Hablamos. Coincidimos en distintas apreciaciones. Para mí -dijo Alas- el Coronel (Aranda) prepara sin prisas la sublevación. Aprovecha su amistad con Prieto para preparar el golpe con toda minuciosidad (...) Leopoldo me pidió que lo acompañase. Caminamos hasta el final del paseo, en la confluencia de la calle de Toreno". Continúa Cabezas el relato en el que ambos hacen valoraciones sobre lo que estaban viviendo en esos momentos históricos. Inmersos en esa conversación llegaron hasta la calle Altamirano, 8. "Nos despedimos hasta el día siguiente y nos deseamos buena suerte. No volveríamos a vernos. Poco después fue detenido y, seis meses después, sería ejecutado".

Inútiles resultaron las peticiones de indulto aparecidas en la prensa internacional ni las remitidas por numerosos profesores de universidades europeas y americanas.

Tampoco sirvieron de nada las gestiones y testimonios a su favor de varios testigos: el catedrático de la facultad de Derecho Sabino Alvarez Gendín, el magistral de la Catedral de Oviedo Benjamín Ortiz, y los estudiantes de Derecho, alumnos de Leopoldo Alas, Braulio Canga Rodríguez, Eugenio Miñón Ferreiro y Antonio Pérez Campoamor. La farsa de consejo de guerra emitió su fallo. El día diez de febrero, el ya general Antonio Aranda, aprobaba la sentencia dictada y daba orden de que se comunicase telegráficamente a la Secretaría de Guerra del Estado, quedando en suspenso su ejecución hasta que llegara el "enterado" o la "conmutación". El "enterado" llegaría diez días después, el 20 de febrero. Entonces, el juez instructor y el secretario acudieron a la cárcel y procedieron a leerle la sentencia al prisionero Leopoldo Alas, que horas después sería fusilado.

Así narra tal ignominia Cabezas: "El día 20, a las cuatro de la tarde, en un patio de la cárcel Modelo de Oviedo las balas de un piquete atravesaron el menudo, el endeble cuerpo del rector Leopoldo Alas, que cayó envuelto en su propia sangre. Pared por medio del patio, en una dependencia carcelaria dedicada a las mujeres, que denominaban las escuelas, se encontraban detenidas, entre otras, las esposas de Javier Bueno, de Amador Fernández, de Vallina, de Belarmino Tomás, de Mulero, de Oliveira y una maestra de Tineo llamada Teresa Vázquez. (..) La noticia de que iban a fusilar a Leopoldo y otro condenado corrió por la prisión. Las mujeres estaban a la escucha detrás de la pared del patio. Oyeron que hablaba con una voz nerviosa, pero muy enérgica. Entendieron: ¡Mujeres que me escucháis al otro lado de esta tapia. Que esta sangre sea la última vertida. Que sirva para aplacar los odios y las venganzas! Unos segundos después se oyeron las descargas".

Faltan, para concluir este breve relato, las últimas palabras que gritó el rector antes de la descarga de odio y balas. Unas palabras que, ochenta años después, no podemos ni debemos olvidar: "¡Viva la libertad!".

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