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Con vistas al Naranco

Diez años sin Ángel

La frustrada historia de la fundación en honor del poeta

Ya ayer va susurrante como un río

Á. G.

Ayer hizo diez años de la muerte de Ángel González; un ayer que es eso, simple y desnudo ayer, de los ayeres frailuises, desprovistos del enorme lapso marmóreo del largo tiempo, que en el poeta ovetense significaba mentiroso espacio. La llamada emocionada desde Esplugues de Manolo Lombardero, hoy en pie pese a los achaques añosos, me dio la mala noticia. Antes me había llamado el periodista Luis Mugueta, que había conversado con Ángel la noche anterior, presagiando ya lo peor. El Comité Federal del PSOE se encontraba reunido y a mi vez hice llegar el triste mensaje, supongo que a través, como tantas veces, de Álvaro Cuesta, a J. L. Rodríguez Zapatero, que improvisó breve homenaje. No en vano ZP había querido conocer al poeta, para lo que le recogí en su habitual cafetería Kon Tiki llevándolo a Ferraz junto a Carme Chacón, entusiasta declarada de sus versos. Emociona, en las obras póstumas de Jorge Semprún y del abogado Manuel/Manolo López López, cómo Ángel refugió a Jorge, Federico Sánchez, el más buscado, y nunca detenido, por la Policía llamada con eufemismo social.

La última vez que oí la voz de Ángel fue diez días antes de su fallecimiento. Estaba en el hall del hotel de la Reconquista, puesto ya en el estribo de su nunca ultimado viaje a Alburquerque, vía Madrid, y quería que tranquilizara a su mujer y a Josefina Martínez sobre la modificación de sus disposiciones testamentarias ante José Antonio Caicoya, pero no las conocía con exactitud pues habían sido dictadas mientras yo convalecía de uno de mis ictus.

La frustrada historia de la Fundación mortis causa que Ángel quiso, idea tomada de Pepe Caballero Bonald y Joaquín Sabina, ya se conoce. Lombardero, incondicional de la fratría, término caro a Carmen Gómez Ojea, Luis García Montero y yo nos reunimos en casa de Luis y Almudena Grandes, que tanto cuidaron al autor de "Áspero mundo", para contrastar voluntad irrevocable de dimitir. Cesamos, pues, en escueto escrito al presidente del Principado, Álvarez Areces, al que Ángel mucho quería desde la lejana clandestinidad de los sesenta. El entonces presidente asturiano había delegado la representación regional de la Fundación en otro humanista, todo cordialidad, Miguel Munárriz, autor y editor de obra muy importante sobre Ángel en vida y, luego, póstuma. Pepe Cosmen, q.e.p.d., me telefoneó también pues quería difundir una nueva antología entre los viajeros de autobús.

Correspondió a Galo, abogado de mi antiguo despacho, ejecutar las obligaciones fiscales de Ángel, tan riguroso y moralista siempre con sus impuestos. A la estricta lealtad angeliana nos atuvimos los amigos. De la misma, sin embargo, se esfumó la iniciativa de biblioteca especializada que, con los manuscritos y mil primeras ediciones de poesía hispana, pensábamos montar en el palacio de Toreno. Aquel proyecto entusiasmaba al benéfico donante, a Ruiz de la Peña, director del RIDEA, y al concejal de Cultura, Suárez Arias-Cachero, pero no convencía a Areces, por el lugar, ni a otros/otras por las pretensiones fundacionales que albergábamos.

La memoria poética no la perpetúan, en cualquier caso, testamentos ni descendencias naturales ni, en el viejo y cruel lenguaje iuscivilista, adulterinas, o amorosamente buscadas, sino versos imperecederos y su bondadoso y democrático carácter irrepetible. ¡Me prestaría que García Montero, autor del magnífico "Mañana no será lo que Dios quiera", editado por Alfaguara, el sello de Juan Cruz, Benjamín Prado y Munárriz, tan próximos al poeta de Oviedo, de nuevo ahí, o en Chus Visor, tan de Ángel también, completara su gran aportación a la biografía, terminando la ficciorrealidad desde que el funcionario y escritor en ciernes llega al Madrid de los cincuenta, reencontrándose con Carlos Bousoño, otro ovetense irrepetible, que le llevó a Vicente Aleixandre!

No debo olvidar que me acompañó en la primera lista al Ayuntamiento, que era hijo, pronto huérfano, de un concejal republicano en el Consistorio monárquico anterior a Primo de Rivera, Pedro González Cano, Cano, del que apenas se sabe. Algo más conocemos de Manuel, su hermano, asesinado en la Guerra Civil, y de su hermana, maestra represaliada, que tanto influiría en su consolidación creadora. El expediente de depuración de Maruja con destierro a Páramo del Sil se guardaba como el peso de la daga que fue en la casa que le ayudé a vender. A su muerte descubrí que de forma exquisita en las decenas de conversaciones que tuvimos omitió la existencia del tal expediente a su querida hermana para, sin duda, evitar que yo mismo me incomodara pues había sido encomendado, e instruido, por mi abuelo Rogelio Masip Pueyo, director del Instituto Masculino.

En fin, diez años... Jaime Gil, al que tuvimos en Tribuna y en los Premios, sostenía en sus amenes que "Áspero mundo" nunca envejecía ni envejecería. ¡Cuánto me gusta que toda la obra de Ángel también la asuman, editen inéditos y sigan hogaño jóvenes escritores de "Maremágnum", "Anáfora", "Oliver"... que apenas pudieron tratarle! ¡Y la lengua española, que enriqueció con su ritmo y la fabulosa magia de palabra sobre palabra!

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