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Crítica / música

El recuerdo y el olvido

Una interpretación pulcra y cuidadosa de obras maestras de Beethoven y Tchaikovsky

En el concierto destacaron principalmente dos inmortales obras de repertorio, siendo Beethoven y su Concierto nº 5 para piano en Mi bemol mayor, op. 73 Emperador, y Tchaikovsky con su Sexta Sinfonía en Si menor, op. 74 Patética, los protagonistas absolutos. En la aproximación a la excelencia -a la que todo músico profesional se intenta aproximar en sus intervenciones-, esto no hubiera sido posible sin una pulcra interpretación por parte de todos los participantes implicados. En la actualidad, los solistas suelen ser las estrellas mediáticas que atraen al público a la salas de conciertos y son los destinatarios, con frecuencia, de los más encendidos aplausos. El compositor queda, en algunos casos, casi relegado a un segundo plano. Un esquema tan "clásico" como el programado -¿dónde está la porción de música española o contemporánea en los programas?-, no se sostiene si no es con obras maestras, de ahí el protagonismo absoluto de la creatividad firmada por los dos geniales compositores en los que se fundamentó la velada. Si estas obras son ejecutadas por intérpretes de absoluta primera línea se transforma en una experiencia única, para el recuerdo, que se dice. En el caso que nos ocupa, los intérpretes, la orquesta ovetense han sido musicalmente extremadamente cuidadosos.

Decimos que pulcritud máxima en la interpretación, en primer lugar del pianista invitado, el surcoreano Kun-Woo Paik, que ha ofrecido un Emperador inmaculado, destacando en su pianismo un cálido y pulido sonido de calidad palpable. La versión no ofreció sobresaltos, no hubo estridencias de virtuoso con pretensiones, todo se sucedió en una acomodada familiaridad de cara al oyente de tan célebre concierto para piano. Aun evitando caer en tópicos, pero así me lo ha parecido, Kun-Woo Paik fue transparentemente certero y estrictamente escrupuloso, aunque quizás adoleció de falta de un mayor relieve pianístico en una agógica y dinámica más apasionantemente románticos, especialmente en el Allegro inicial. Disfrutamos los oyentes, no obstante, de un Emperador muy cercano en referencias, y una ejecución en vivo así, deja siempre un buen sabor de boca y un amplio espacio para el disfrute.

La segunda parte de estas Jornadas pianístico-sinfónicas, tuvo, como he dicho, un protagonismo centrado en una obra monumental, de lo más ruso del repertorio ruso, no precisa de aromáticos orientalismos. Lo escuchado ha dejado, de nuevo en esta segunda parte, un buen sabor de boca, con una orquesta entregada en lo expansivo y en el delicado detalle, con un director al frente de sólida formación, atento y sensitivo, aun en crecimiento, pienso, para una obra tan emblemática del más granado repertorio sinfónico de todos los tiempos; aunque en ningún caso para el olvido.

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