Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Es noticia

Opinión | Crítica / Teatro

Eva Vallines

El bufón rebelde

Leo Bassi protagonizó en el Filarmónica un show intenso, provocador, en clave de ritual chamánico

Leo Bassi no es un clown cualquiera. Ha creado un estilo que conjuga provocación y humor, inteligencia y rebeldía. Heredero de Diógenes el Cínico, se nos presenta como un tábano que aguijonea nuestras conciencias, pero sin pretensiones, desde la risa insumisa y un maravilloso oficio que su estirpe lleva ejerciendo desde seis generaciones. Es un bufón tocapelotas que busca en el siglo XXI la manera de violentar la cotidianidad. Se escapó del circo familiar y de los malabares en su juventud por la vía de la irreverencia y la ironía naif insurrecta. Rompiendo moldes, abriendo agujeros para vengarse de la actitud mecánica de la vida, que diría Bergson. Su concepción artística persevera en la originalidad para que el humor coincida con la inteligencia tal y como nos muestra en esa fotografía en la que vemos a Einstein admirando a Chaplin. Quienes conozcan a Bassi solo por sus apariciones televisivas se quedan con una impresión parcial, porque es en directo y en piezas como esta donde se aprecia el gran bagaje y dominio que tiene de la situación.

"El último bufón" es un tierno homenaje a la tradición familiar de la que se siente orgulloso y a la que le confiere un gran valor subversivo a pesar de su apariencia fútil. "Las gentes del circo somos la libertad, vivimos la vida que querría vivir el pueblo" le decía su padre, que le pasó el testigo de la dinastía de los "Bassi", apellido ya reivindicador de la baja condición social de la que proceden. El espectáculo combina proyecciones en las que repasa sus comienzos como antipodista en una grabación de la BBC y las imágenes de su bisabuelo Giuseppe y su tío Giorgio filmados por los Hermanos Lumière en 1896 haciendo un número de malabarismo con sombreros; con furiosos monólogos en los que, paradójicamente, declara su aversión a los monologuistas ("son todos unos pijos"), y con elementos performativos de exploración del sufrimiento corporal y la autolesión, como el momento en que se acuesta con la espalda desnuda sobre unos cristales rotos, una forma de entrenarse en el dolor para que los resultados de las próximas elecciones no le pillen desprevenido. Uno de los temas que han marcado su obra y que ahora contempla con la perspectiva que dan 40 años de carrera es la traición del pueblo, que le abandona por el fútbol y un pensamiento acomodaticio y conservador del que trata de sacarlo con sus provocadoras agresiones o sus ingeniosos métodos de agitador social de latas de coca-cola convertidas en cócteles molotov en las estanterías de los supermercados, o con la mutilación de camisetas de marca entre los espectadores. Todo ello -dice- por huir del mero espectáculo y recuperar el carácter ritual del teatro en la línea de las experiencias chamánicas de las tribus indias.

A pesar de ser un show unipersonal, el ritmo es intenso, todo está bien medido y no falta la música, de la mano del "I will survive" de Gloria Gaynor, la provocadora exhibición de barriga cervecera, la conversión del agua en vino emulando el pasaje bíblico, alusiones al Circo del Sol como "vendidos al sistema", a los políticos que han resultado aventajados seguidores en el arte de lanzar excrementos, y a la tumba de Franco para la que ha encontrado emplazamiento perfecto en un teatro, ante la imposibilidad de que se convierta en lugar de peregrinación.

Un Filarmónica con muy buena entrada aplaudió las genialidades de este animal escénico tan particular y políticamente incorrecto y al finalizar le acompañó hasta la plaza Porlier para pegar unos gritos liberadores, que gracias al efecto mariposa harán temblar los cimientos de nuestra sociedad.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents