Bufón, en la E.M., llamábase a alguien de aspecto grotesco, que se encargaba de divertir a la corte haciéndose el gracioso; Sebastián de Morra, Calabacillas, el Niño de Vallecas... fueron bufones que inmortalizó Velázquez; hace poco expuso nuestro Bellas Artes un bufón de Jacob Jordaens. Hoy se denomina bufón a quien pretende ser cómico y resulta ridículo. Pero no vengo a hablar de estos bufones sino de los de Pría y mi paseo por Llames, la acantilada, kárstica, agujereada y atormentada orilla oriental de la playa de Guadamía y los bufones que bufan y asustan incluso al precavido caminante que escoge el interior en la marea alta, aunque el Cantábrico esté calmado; en caso de galerna los bufidos se convierten en pavorosos géiseres. Sobre estos bufones y los de Vidiago, tras una visita a Llanes en 1882, escribió José Zorrilla, el de "cuán gritan esos malditos", aunque este verso no tenga que ver con dichos bufones.