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Desde el Naranco

Mis queridos vecinos ovetenses:

Me conocéis desde hace tiempo. Mucho tiempo. Bien sabéis de mis virtudes. Y también mis numerosas necesidades. La mayoría por satisfacer. Que tengo muchos problemas es innegable. Ya os los detallé en varias ocasiones aunque, de momento, sigo esperando. Pero hoy no os voy a reclamar atención sobre mis urgencias; lo dejaremos para otra ocasión. Hoy inauguro una nueva etapa en mi relación con vosotros. Quiero que me conozcáis; ya sabéis, no se puede amar lo que no se conoce y siempre es más difícil defender lo que no se ama. Por tanto, una vez al mes, desde estas páginas de La Nueva España, intentaré darme a conocer un poco más. Hay muchos ovetenses que a lo largo de las últimas décadas han escrito textos sobre mí que han ido quedando orillados en álbumes de fiestas, en rincones perdidos de periódicos extintos o que aún perviven. O en libros que duermen plácidamente bajo el polvo secular del olvido. Pretendo recuperar algo de lo que dijeron de mí. E ir contando parte de mis venturas y desventuras. Espero que me acojáis con agrado. Oviedo y yo somos algo indisociable. No se podría entender Oviedo son mí. No existiría de no estar donde estoy. Oviedo soy yo y yo soy Oviedo. Bien lo definió el escritor moscón, Valentín Andrés Álvarez: "Millares de siglos antes de existir Oviedo, el Naranco ya era ovetense. Cuando el hombre de Oviedo sintió viva y punzante su ansia de inmortalidad, se fue a la montaña, le dio una gran puñalada en un flanco y sacó de sus entrañas bloques de piedra; los bajó al poblado, y, con ellos, delicados artífices, llenos de fe, expresaron sus ansias inmortales en la filigrana magnífica de la Catedral". Y os aseguro que es así. Formo parte de vosotros mucho más de lo que podéis imaginar. Otro gran escritor, Paco Ignacio Taibo I, en su libro Para parar las aguas del olvido, definía esa familiaridad de forma certera; tal es esa cercanía que muchos de vosotros podríais describirme como lo haríais "como un cuadro frente al que han nacido o ante el rostro de la novia amada; así de casero, íntimo y querido era el Naranco".

Os di todo: agua para calmar nuestra sed durante siglos y para lavar nuestras ropas. Madera de mis antiguos bosques para construir vuestras viviendas o alimentar viejos caleros. Alimentos para vosotros y para vuestros animales Piedra para construir muchos edificios. Aún seguís royéndome las entrañas para sacarme mineral para la siderurgia. En mi regazo encontrasteis buenos lugares para instalar vuestros hogares. Y a cambio, ¿qué recibí? ¿Queréis que os diga lo que creo? Indiferencia. Pero dije que hoy no me iba a quejar. Deseo que me conozcáis. Que me sintáis uno de los vuestros. ¿Aceptáis la propuesta?

Como es el primer día, tendré que presentarme; bueno, eso creo que a estas alturas no hace falta. Me llamáis Naranco. Antaño muchos me conocíais por La Cuesta. Tengo un nombre viejo. Probablemente provenga de un hidrónimo prerromano. Algunos creen que Naura, que era el nombre de un pequeño arroyo que fluía desde el Pico del Paisano. Por tanto estoy emparentado con Nora, Narcea? Mi nombre vinculado al agua, como no podía ser de otra manera. Otros creen que proviene de un topónimo indoeuropeo, Nerankos (gigante). Y esto me hace gracia porque enlaza con una hermosa leyenda que me gusta más que estas otras hipótesis. Cuentan que estos pagos eran el lugar de residencia de un magnífico gigante: Naurancio. Y que al morir este, los vecinos, apenados y agradecidos le dieron sepultura y que la forma de esa sepultura fue la que configuró mis alturas. Ya veis. Naura, Naurancio, Nerankos? qué más da. Soy vuestro compañero a lo largo de siglos y siglos y desde el Naranco, voy a contaros algo más de mí.

Os espero.

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