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Cosme Marina

Salvar la Filarmónica

La entidad cultural ovetense atraviesa una situación delicada que nos implica a todos

La Sociedad Filarmónica ha realizado una llamada de auxilio para lograr su supervivencia, una convocatoria que a todos involucra, desde las instituciones a la responsabilidad cívica colectiva de no dejar caer una entidad fundada en 1907 y que está entre las primeras de nuestro país.

La desaparición de la Filarmónica sería una enorme tragedia para Oviedo. El patrimonio de una ciudad no sólo son sus monumentos, también hay un patrimonio inmaterial sobre el que se construye y articula la realidad cultural de un territorio. La música es, desde hace siglos, un elemento diferenciador de Oviedo. Ha configurado su perfil frente al mundo y la Filarmónica ha sido un elemento clave para ello. No se puede entender la historia de la interpretación en la ciudad en el siglo XX sin su presencia, básica en la formación de sucesivas generaciones y que fue capaz de realizar importantes logros en momentos de tremenda debilidad en el mundo de la cultura. La Filarmónica es historia, pero también puede, y debe, ser futuro.

Actualmente la situación es muy delicada. Los socios han ido menguando en un goteo continuo pero inexorable que no se ha frenado y que ahora amenaza colapso. Las causas a las que se ha llegado a esta situación son muy diversas y, aunque la mayoría de las sociedades filarmónicas se han ido apagando en nuestro país, algunas sobreviven y lo hacen de manera brillante porque han sabido adaptarse a los cambios sociales que se han ido produciendo con el paso del tiempo.

Y este es el gran talón de Aquiles de la filarmónica ovetense. Necesita actualizar una gestión anclada en el pasado. Bien cerca está el ejemplo de Gijón que viene haciendo enormes esfuerzos de renovación y ha sabido modernizar su oferta, contando con la complicidad del Ayuntamiento y abriendo la entidad no sólo a los socios sino también al público en general. Cuando se realiza una actividad en un espacio público y se requieren ayudas de dinero público no es lógico que la entrada implique que sólo los socios puedan acceder a esa oferta cultural. Habrá que realizar las pertinentes reformas estatutarias para sacar adelante un proyecto que ha de incardinarse de una manera efectiva en el global discurso musical ovetense. La Filarmónica no es una isla aparte sino una pieza muy relevante del proceso cultural y para ello necesita, en primer lugar, visibilidad y capacidad para estar presente sin que la ciudadanía la perciba como algo aislado, casi como un club privado. Si lo único que se propone desde su directiva es conseguir un dinero para ir tirando, mal asunto: se prolongará la agonía y no se solucionarán los problemas de viabilidad futura de la entidad.

Las sociedades filarmónicas que siguen activas con fuerza en nuestro país -la de Bilbao, Alicante o Las Palmas de Gran Canaria, por poner tres ejemplos- han sabido actualizarse con valentía y audacia. La apuesta es clara: música de cámara de primer nivel en la programación, una intensa captación de mecenazgo privado y, curiosamente, muy pocas ayudas públicas. La Filarmónica de Oviedo tiene, en primer lugar, el tesoro que supone su sede, un teatro perfectamente diseñado para la escucha de música camerística, en el centro de la ciudad y que ya es, de por sí, un elemento patrimonial. Posee, además, una historia gloriosa sobre la que construir y necesita ahora ahormar una programación conectada con el resto de la actividad: con la programación de la OSPA, los Conciertos de Orquestas del Auditorio o las Jornadas de Piano. Una idea: algunos solistas que actúan con las orquestas podrían ofrecer también un programa camerístico, aprovechando su estancia, y enlazar así los públicos de todos los ciclos. Hay muchas fórmulas que se pueden ir testando hasta dar con la que realmente consiga el objetivo de relanzar la Filarmónica y que vuelva a ser una referencia. Si de algo carece la ciudad es de un ciclo de cámara de primer nivel, en el que también estén presentes otros géneros como el lied, sin ir más lejos. Insisto en que a todos nos implica que siga en pie la sociedad. Y, en primer lugar, a una directiva que ha de ser valiente, audaz y competente en la toma de decisiones.

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