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CRÍTICA / MÚSICA

Lo antiguo es contemporáneo

El cine mudo siempre tuvo banda sonora en vivo, incluso con partituras escritas "ad hoc", dependiendo de la formación que pusiese la música. Hace unos años, en 1987, el grupo catalán "Pegasus", un cuarteto de grandes intérpretes (Arisa, Escoté, Kiftlus y Sunyer), hizo lo propio para la película "Berlín, sinfonía

Todos sabemos que el barroco y el jazz tienen muchas cosas en común, por lo que este nuevo proyecto de "Forma Antiqva" para la película francesa elegida no podía sorprenderme, de nuevo con ideas sugerentes y llenos de buena música del barroco con un cuarteto para la ocasión: flauta (Guillermo Peñalver), violín (Jorge Jiménez), tiorba (Pablo Zapico) y clave (Aarón Zapico). En las obras elegidas por los asturianos no se busca recrear la época de Juana de Arco ni tampoco la de la propia película, sino enriquecer las imágenes y subrayarlas, el complemento perfecto y lógico más allá del estilo. La acción dramática que es representación, a fin de cuentas, con toda la expresividad tanto fotográfica como narrativa, es una fusión mágica de los temas de "Forma Antiqva" con las imágenes de Dreyer que muestra la atemporalidad universal del cine y de la música. "La Pasión de Juana de Arco" es una de las más grandes muestras del poder expresivo del rostro humano y la música barroca de los sentimientos. Si Dreyer consigue con la concatenación de primeros planos transmitir las sensaciones que sentía la protagonista y conmover sin dar nada más a que agarrarnos, la música da ese plus. Cada personaje impresiona por su gestualidad, la fuerza expresiva está cuidada al detalle, por lo que la película tiene una pureza especial que las obras musicales elegidas y su colocación en el discurso narrativo ayudan a redondear.

No era necesario llenarlo todo de música. Los silencios también son dramáticos y los primeros planos de Maria Falconetti conmovedores, puro arte cinematográfico e interpretativo unido a una dirección mágica. Bien elegidas y colocadas las intervenciones instrumentales en solitario de cada uno de los cuatro integrantes de Forma Antiqva junto a escenas donde los gritos son silenciosos, agrandando el dolor. Dúos de tiorba y flauta subrayando la injusticia, "tutti" indiferentemente menores o mayores que son pura teoría de los afectos musicales, narrativa visual y musical con un trasfondo religioso sin caer en él.

A lo largo de hora y media larga, un Auditorio con muy buena entrada, pese a todas las circunstancias actuales, pudo disfrutar de las imágenes poderosas, diríamos que barrocas por los claroscuros, y la fuerza afectiva enriquecida de la música. La Francia e Inglaterra del XVII con su banda sonora fueron pinceladas y nunca brochazos. Podrían haber sido alemanas, pero la opción geográfica estuvo bien resuelta: las líneas bien trazadas con la música de Locke, Lawes, Gibbons o Henry Purcell dentro de los británicos, al lado de los Lully, Couperin o Froberger entre otros, se fue adaptando a cada fotograma, a cada escena, como si de una representación teatral se tratase. Ahí se percibe el análisis exhaustivo de cada imagen "exprimida hasta la raíz de su afecto o emoción" como el propio Aarón Zapico, director de la formación, explica en las notas. Obertura instrumental sin imágenes, intervenciones en combinaciones matemáticamente calculadas, dúos, cuarteto, tríos y solos, fugas ejecutadas con primor, silencios sobrecogedores y un final de película. El cine sin música no sería séptimo arte, unión perfecta de imagen y sonido, fotografías en blanco y negro coloreadas con la música en acción, cine y más cine, como cantaba Aute en 1984. Lo actual no es antiguo, lo antiguo es contemporáneo.

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