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Emilio Cepeda

Nicasio y los solistas

Las peripecias en el cuartel del Milán y un homenaje a Juan José Bolado

Habíamos coincidido durante el servicio militar en el ya desaparecido Regimiento de Infantería Milán nº 3, en Oviedo. De esto hace cincuenta años. Él, como sargento de complemento en prácticas, y un servidor, como cabo camuflado en la oficina, ambos encuadrados en la 1ª Compañía. Nicasio era un tipo pretencioso y altanero, que cuando le llegó el primer servicio como suboficial de semana se le empezó a bajar el vacilón. En su expediente militar, depositado en la oficina, decía que tenía estudios de grado superior, sin especificar más, cosa que nada aclaraba pero marcaba diferencias. Desde el primer día tuvo problemas para cumplimentar algo tan elemental como eran los estadillos de formación y servicio, teniendo que echarle una mano en ocasiones, y no digamos el tener que soportar dormir durante una semana entre tiesas sábanas de lienzo moreno en la compañía.

Hago un inciso y aprovecho para hacer un recordatorio de Juan José Bolado Moyano, fallecido el pasado 25 de julio, personaje multiusos y popular líder vecinal con el que había coincidido en la mili. Bolado era un tipo especial, con poder de convicción. Recuerdo que todas las semanas solicitaba hablar con el capitán, y de aquellas visitas salía siempre con uno o dos días de permiso; más, teniendo en cuenta que durante los nueve meses que permanecimos en el Regimiento, habían pasado tres capitanes por la compañía. Buena persona.

Algún tiempo después de la licencia comenzamos a coincidir por Oviedo, donde Nicasio había montado una asesoría de selección de personal, con frecuencia en el Cabo Peñas o Bar Venecia. Llevaba algún tiempo saliendo con un bellezón impresionante, gijonesa como él, con otro tanto de pijotería y estupidez como la suya, a la que se había agarrado como si fuera la vida misma. Poco a poco fui conociendo a sus amigos habituales. Un elenco de personajes imposibles de olvidar.

Claudio, era un apasionado de todo lo referente a Suecia. Sin haber pisado jamás aquel país, vivía inmerso en todo lo relacionado con el mismo. Ni que decir de las suecas. Experto en la obra de Ingmar Berman y sus insufribles películas. En la hebilla del cinturón llevaba la bandera del país escandinavo.

Otro caso curioso era el amigo Segundo, carnicero de profesión y radioaficionado. Físicamente menudo, le gustaba llamar la atención y presumir de dinero. Llevaba instalada en el salpicadero de su R8, una emisora de banda ciudadana  (27 Mhz. de frecuencia), con una antena exterior de más de 2 metros. Tenía la particularidad, cuando entrabas en conversación personal, de expresarse con la jerga propia del medio: ¡breiko, breiko!, ¿me copias?, QRV, ítem. ítem; para terminar, ¡cambio y fuera!.

Más presuntuoso que aquel resultaba Carlos, empleado de banca y favorito de Nicasio, sentían mutua admiración. Con unos rasgos físicos a caballo entre Rodolfo Valentino y Gardel, iba de guapo oficial. Siempre bien trajeado, pelo apelmazado de brillantina, perfecta raya del pantalón y unos glaseados y brillantes zapatos. Un día coincidimos en unos aseos y lo vi sacar del bolsillo un trozo de gamuza para repasar los zapatos. Era toda su obsesión, su carta de presentación.

En cierta ocasión le pregunté a Nicasio: ¿Conoces a la madre de tu novia? “No, para qué”, contestó extrañado. “Es muy importante”, incidí. Conociendo a la madre, puedes hacerte una idea de cómo será tu chica a la misma edad, nunca falla". La cosa no debió de ir bien y la pareja se rompió. Nicasio y yo nos fuimos distanciando.

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