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Gonzalo García-Conde

Paraíso capital

Gonzalo García-Conde

Ciudad no esencial

Las persianas bajadas por la pandemia

Ya he escrito varias veces sobre lo mucho que me gusta pasear. Es en realidad el único deporte que practico. Tenemos la suerte de vivir en una ciudad tan pequeñina y tan guapa que recorrerla a pie es un verdadero placer. Me gusta mucho hacerlo solo, con nocturnidad, pero acepto

Esto me trae el recuerdo de Rafael Barrado, un hombre sencillo que fue mi profesor en bachiller y buen compañero de caminatas urbanas. Más como un amigo que como un educador, fue el primero que me habló sobre el filósofo Aristóteles y sus alumnos, a los que llamaban los peripatéticos. Contaba su historia que se les conocía así porque el maestro griego gustaba de caminar por los jardines durante sus clases. Afirmaba que el ejercicio, el diálogo y el contacto con la naturaleza estimulaban el aprendizaje.

No me considero una persona ambiciosa, al contrario soy de bastante buen conformar. Sin embargo, en mi caminar, me gusta dejar volar la imaginación de una manera megalómana y capitalista. Juego a comprar cada casa y solar que encuentro por el camino. Trato de dibujar mi vida como la de un inversionista inmobiliario con posibilidades infinitas. Sueño con los más fabulosos negocios instalados en los bajos comerciales vacíos de cualquier barrio. Suerte que no dispongo de tales recursos, a estas alturas ya me habría arruinado varias veces. Pero es un pasatiempo genial.

Pues resulta que esto también se me ha fastidiado con la mierda del virus. Escuché en una conversación que ésta era muy buena época para inversionistas sin escrúpulos y se me rompieron los sueños de Monopoly. Detrás de cada cartel de Se Vende o Se Alquila veo ahora el fracaso empresarial de una familia, la imposibilidad de hacer frente a una hipoteca o cualquier otro sueño roto. Me falta el instinto depredador de los grandes tiburones de las finanzas.

Dice un eslogan sanitario del Principado de Asturias que el virus no piensa, pero que nosotros sí. Sin embargo, el bicho está golpeando nuestra economía como si supiese donde debe asestar cada golpe para terminar de rematarnos. Hostelería, turismo, la singularidad del pequeño comercio, la vida cultural. Las cuatro patas sobre las que se asienta la crematística local, continúan cerradas sin fecha, sin ayudas y sin esperanza. El Reconquista, el Campoamor, Gascona, la universidad, los símbolos de nuestra sociedad presentan un silencio inquietante.

Para alejar el pesimismo vuelvo a la memoria de Barrado. Siempre buscaba el lado positivo a todo. No se fijaría en los espacios muertos, sólo en las calles llenas de vida. Para él, bastaría con abrir de nuevo las puertas cerradas. Cuando se pueda, claro.

Mientras tanto, nos ha quedado claro que nuestra pequeña capital es de naturaleza no esencial. ¿Será que somos unos superficiales? ¿Demasiado sofisticados? Quizá sea un defecto y estemos olvidando que nuestra naturaleza es sencilla y básicamente animal.

No sé qué diría Aristóteles al respecto. Pero me lo llevaría de paseo, le enseñaría mis edificios favoritos, una casa a la que le tengo echado el ojo en Ciudad Naranco y le contaría un par de batallitas jugosas que se ha perdido en los últimos veinticinco siglos. Seguro que lo fliparía. Y si no estuviese cerrado todo, después le invitaría a unas sidras.

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