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Manuel Herrero Montoto

Tras los pasos del poeta

Seguir los pasos del otro es tarea que, consciente o inconscientemente, desde los tiempos más remotos hacemos los hombres para no precipitarnos por el despeñadero. Buscar un buen rastro no es tarea fácil. Los hay que te marcan rutas engañosas, otros te introducen en el laberinto y los menos, los de verdad de la buena, te asisten en los cruces de caminos y te dan seguridad. Esos eran los pasos de Alberto. Los que yo conocí siendo un chaval y él un mozo, aunque a decir verdad siempre vi a Alberto como una persona hecha y derecha, tal vez influyera en ello el aluvión de libros que aguardaban pacientes en la trastienda infinita. Por allí se perdía el bueno de Alberto, una goma de borrar Milan y un tajalápices, por favor, vale, y se perdía entre bambalinas, y volvía a tu lado con la mercancía escolar. Un día le pedí un tintero de Pelikan, no sé si con intención o sin ella, el caso fue que salió a escena tintero en mano y bajo el brazo un libro de una colección muy sugerente “Historias Ilustradas”, mitad en texto, mitad en cómic, y en la portada una inmensa ballena blanca con ojos asesinos y un tipo en su lomo al que le faltaba una pierna se enfrentaba a ella con un simple arpón. Rompí la hucha del gochín de la Caja de Ahorros y me presenté ante el inductor y compré “Moby Dick”. Hay hermanos de sangre y hermanos de libros, Alberto tenía muchos hermanos de libros, yo me sumé a su tribu con “Moby Dick”. Y feliz hasta hoy, que se nos fue.

La literatura da dos satisfacciones: el disfrute de la propia lectura, y la vanidad de que los demás te reconozcan como gran lector e intelectual dadas las pruebas reiteradas que tú das de ello. Para Alberto el segundo capítulo estaba de más. Era de ley, como lector y guía de lectores. De la literatura pasamos a la amistad, la verdad es que me hubiera gustado haber gozado de ella más tiempo, no fue posible. Más allá de los libros, había en Alberto cualidades que configuran a esa persona buena, inteligente e independiente. En sus artículos formidables de prensa, en sus libros que te guían por las montañas, por su Oviedo del alma, por vías romanas y medievales, por rutas con la Historia y los monumentos como telón de fondo, en definitiva, gracias a los libros de la trastienda infinita de su Santa Teresa y a los que Alberto ha escrito, no te perderás, ni por los renglones ni por los valles, sigue sus pasos, aunque ya no esté aquí, sus huellas se resistirán al tiempo.

Y termino, amigo, con tus palabras, del libro “En la intimidad”, del relato “Sendero inmortal”: “La niña con flequillo de oro, solo ella, alcanzó el monte de las Musas, doblegó unas rimas, bautizó una rosa roja y, con una espina en el corazón, corrió hacía la tumba del poeta”. Descansa, poeta y guía.

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