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David Acera

Polledo, el ovetense de rebeldía serena

Lección vital del librero que creía en la defensa de lo común

Alberto Polledo tenía siempre una risa pícara escondida detrás de su mirada encendida, brillante y curiosa. Una mirada asombrada de niño de posguerra, de esos niños que tanto tuvieron que tragar, y luchar, para que nuestro país recuperara algunos derechos y libertades. Alberto, como bien me recordaba estos días Ana, la hija de otro imprescindible como José Manuel Nebot, pertenecía a “una generación única que aportó cultura, progreso e ideas frescas en un momento en que Oviedo necesitaba especialmente de todo eso”. Grandes profesionales y personas comprometidas que antepusieron los intereses colectivos a los individuales, respetando siempre a los que pensaban diferente”. Difícil decir más con menos.

Tras el mostrador de la librería Santa Teresa, Alberto Polledo intentó iluminar cerebros y corazones con sus libros. Tenía una profunda fe en la capacidad de la educación y de la cultura para mejorar a las gentes y para cambiar el mundo. Pudimos hablar alguna vez, con pasión, de la necesidad de valorar y dignificar la labor de nuestros docentes, la profesión de su querida esposa. También sobre la literatura y arte como escudos para defender a los humildes, a nuestros vecinos y vecinas.

Y hablamos, sobre todo, de Oviedo, nuestra pasión compartida. Alberto lo fue todo en nuestra ciudad: directivo de La Balesquida, precursor de la pelea por la defensa del monte Naranco o, más recientemente, enfundado en un hábito franciscano, defensor de nuestro Campo más querido.

Creo que Alberto era conservador, porque sabía que ser conservador no tiene nada que ver con reprimir la manera de amar o de comportarse en público. Y, en cambio, sí tiene mucho que ver con defender lo común, los elementos que nos rodean y nos hacen ser quienes somos. También era un inconformista, un rebelde sereno, un revolucionario, que intentaba generar cambios profundos para mejorar lo que le rodeaba, huyendo de la algarabía, la mala educción o los cambios superficiales que algunos revisten de radicalidad.

No se lo pensó mucho cuando le propuse que fuéramos juntos a las elecciones municipales dentro de la candidatura de Somos Oviedo, la iniciativa ciudadana con la que pretendimos mejorar nuestra ciudad. “Que no sea muy arriba”, dijo con una modestia que puede chocar en estos tiempos de exacerbación de lo individual. Y se empleó luego a fondo, dando siempre su cara y su sonrisa para defender a Oviedo y el proyecto compartido. Recuerdo, particularmente, una visita alegre a la Fábrica de Gas, porque la creíamos en vías de ser salvada.

Honrar la memoria de Alberto, creo, es seguir comprometiéndose con los intereses de la mayoría y con Oviedo. Evitar que la piqueta, urbanística o legislativa, acabe con nuestros servicios públicos o con los elementos comunes que, como el Naranco, el Campo San Francisco o las fábricas de Gas y de la Vega, hacen posible nuestra memoria. Concentrarnos en dejar un mundo mejor al que heredamos para las nuevas generaciones. A esto último dedicó Alberto gran parte de su vida.

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