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El Otero

Calles de encuentro

Lo que dice de una ciudad y de sus habitantes la composición del callejero

Es fácil caer en la tentación de repetir algo ya escrito con anterioridad; por ejem-plo: ¿Habla el callejero de una ciudad de sus habitantes? En cierta forma, sí. Es como un espejo en el que se reflejan emociones, querencias, costumbres… Es un libro repleto de nombres que, de una u otra forma, han ido moldeando ese inmenso bloque de barro que es nuestra propia historia. Corresponde a los responsables municipales lograr el mayor consenso en las ampliaciones o modificaciones del nomenclátor para evitar, en la medida de lo posible, nombres de quita y pon, flagrantes injusticias y posibles omisiones con aquellos que atesoren méritos contrastados. Lo que precede fue escrito hace apenas cinco meses. Afortunadamente, en ocasiones sí se da esa deseable aquiescencia. Quiero creer que es el caso del reciente bautizo a la plaza del complejo del bulevar del Vasco como Plaza de la Poesía, auténtica “oda a la esperanza”. La poesía tiene la fuerza suficiente para reunir en torno a sí el mayor asentimiento. Y esta iniciativa, qué duda cabe, viene a reforzar el proyecto de que Asturias sea Capital Mundial de la Poesía, apuesta a la que me sumé con entusiasmo desde que, a inicios de 2018, brotó de la mente creativa, soñadora y tenaz de Graciano García. El tiempo ha pasado y la idea ha cobrado cada vez más fuerza y ya es una sólida realidad.

Vivimos tiempos complejos, por eso es necesaria la ilusión y la serenidad que puede aportar la poesía, un “arma cargada de futuro” en palabras de Gabriel Celaya. Qué bien estaría tener una plaza en Oviedo en la que poder leer, en sus baldosas, versos tan necesarios estos días; bien lo define Celaya: “Poesía necesaria / como el pan de cada día / como el aire que exigimos / trece veces por minuto”. O sentarse en uno de sus bancos en los que pudiéramos saborear, por ejemplo, el canto a la necesaria fuerza para seguir adelante de Goytisolo: “Nunca te entregues ni te apartes / junto al camino, nunca digas / no puedo más y aquí me quedo./ La vida es bella, tú verás / como a pesar de los pesares /tendrás amor, tendrás ami-gos”. Tal vez, en una de sus farolas, sería grato leer o gritar con Miguel Hernández: “Dejadme la esperanza”. Y en algún recoveco de ese ágora común, pararnos a compartir con Berta Piñán su deseo: “Que los años que vienen traigan tardes / muy largas y entre el sol como ahora por la ventana abierta / rescatando para nosotros, del tiempo, / el amor y la dicha”. Y quizá, como una hoja volandera más, penda de la rama de alguno de sus árboles el verso contundente de Ángel González: “Otro tiempo vendrá distinto a éste”.

Pues sí. La poesía puede lograr que las calles y plazas sean un poco más de to-dos. Que sean, verdaderamente, calles de encuentro y esperanza.

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