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Emilio Cepeda

Las crónicas de Bradomín

Emilio Cepeda

Nueve segundos

Las consecuencias del cautiverio domiciliario por la pandemia

“Nueve segundos: a eso ha quedado reducida nuestra capacidad de atención”. Esta es una de las conclusiones a la que ha llegado el reconocido y ponderado sociólogo, empresario y experto en medios de comunicación, el francés Bruno Patino, al tiempo que advierte de los peligros de este déficit de concentración originado por los gigantes de las redes sociales. “Estos medios se han convertido”, continúa diciendo, “en verdaderas trituradoras de nuestro tiempo”. Resultado: nueve segundos nos equipara a la memoria limitada de los peces. Por suerte Bradomín y yo hace ya algún tiempo que nos apeamos de ese pernicioso vórtice.

Después de superar la pasada primavera de cautiverio domiciliario  (por desgracia no todos), el rapazón astur responsable de regir los destinos políticos de esta comunidad, en connivencia con el “führer” de Moncloa, decidieron darnos un tiempo muerto, pro tempore, de libertad condicional por nuestro sufrido comportamiento, el mismo espacio que empleó nuestro mandamás en sacar pecho y lanzar eslóganes perfumados con la esencia del Paraíso Natural (Paraíso de Salud, publicitó), proclamando la bonanza de nuestro terruño; incluso permitiéndose poner en solfa a otras CCAA. La terca realidad presente contradice tal proclama. Ahora, en pleno desconcierto, el vértigo lo tiene atenazado, pendiente de la escalada gráfica y estadística. Abrumados por el síndrome telemático y perdidos en una ineptitud apabullante se entiende que para nuestros políticos nueve segundos de retentiva no les dé para la ponderación, para focalizar dónde medra y se esconde el bicho, rivalizando entre ellos en un esperpento de hilarante comicidad, en memeces, disparates y suficiente cuajo para cercenar libertades ciudadanas. Con el resabio de los antecedentes, me niego a esperar en la canal del sacrificio, quién sabe si un golpe letal.

Desde entonces vivo gran parte de este tiempo baldío, ensimismado en una calma chicha, nostálgica, recreando dioramas mentales de aquellos pasajes de mi vida que me fueron especialmente gratos, con lo que hacer llevadero mi estrés, el insomnio, la espera monótona, pasiva, incierta e insoportable.

Gustavo (Tavo), es un viejo amigo al que veo poco, pero que siempre está cuando nos necesitamos. Unos años mayor que yo, Tavo, es el auténtico señorito que siempre vivió de las rentas que fue heredando. “Es de esas personas privilegiadas que han venido a este mundo a veranear”, que dice Manuel Vicent. Cuando lo conocí dedicaba buena parte de las mañanas en el patio de operaciones del Banco Herrero, frente a la pantalla de cotizaciones vigilando sus posiciones bursátiles.

A él acudí como persona fiable y bien informada. “Verás”, me dijo de entrada, “la clave es aislarse de todo y dejarte ir: ¿que puedes hacer? ¿a donde ir? Hace ya meses, desde marzo, que estoy inmerso trabajando en un libro”. “¿De qué trata?”, me vi obligado a preguntar. “Sobre la prostitución. El puterío en Oviedo con nombres y apellidos: Jornales de lenocinio será finalmente el título”. “No me jodas, más de uno se va acordar de tu madre”, sentencié. “Alguien dijo, no hay nada como escribir un libro si uno desea olvidarse de los problemas o padecer de insomnio. Te voy a decir más, la pandemia pasará, pero da pavor solo de pensar en el año que nos viene, cuando haya que decidir quiénes pagan la factura de “la nueva normalidad”; por cierto, enunciado con tufillo algo masónico. “¿Y cómo te lo imaginas, Tavo?”, se me ocurrió preguntar. “Amigo mío, solo veo burbujas, burbujas, muchas burbujas” .

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