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Gonzalo García-Conde

Paraíso capital

Gonzalo García-Conde

Magia que viene de Oriente

La fastuosa cabalgata de los Reyes en Oviedo

No es sólo por los regalos. El día en el que vienen los Reyes Magos de Oriente es, con mucha diferencia, mi fecha favorita del año. Me gusta tanto que lo convierto en un montón de días de celebraciones muy particulares. Como punto cumbre de esta semana gozosa para mí

Ese es un momentazo que nos hemos perdido este año. Nos hemos tenido que conformar con una recepción municipal, algunos actos de aforo muy reducido y la tradicional visita a la plaza de la Catedral para adorar a Jesús recién nacido. Es lo que hay. Todo sacrificio es poco para preservar nuestra salud y la suya. Son claramente población de riesgo, ya están cercanos a cumplir los 2.100 años cada uno. No es cosa de broma.

Es un día en que el ambiente es apacible, tiene una luz especial e incluso se nota el aire más limpio. No se discute, no hay crispación. Los nuestros se alegran tanto por lo que han recibido como por lo que les han traído a cada uno de los demás. Si es una prenda de ropa, alaban lo mucho que favorece. Si se trata de una necesidad cubierta, celebran que se ataje esa preocupación. Si se trata de un capricho, comparten sencillamente la ilusión.

Lo bueno de Sus Majestades los Reyes Magos es precisamente eso, que son magos. Son admirables. Los tíos se vienen desde el Lejano Oriente en un viaje larguísimo. No sé si ustedes han tenido la oportunidad de montar en camello alguna vez. Yo sí, y también en dromedario. Pueden creerme que no hay grandes diferencias entre tener una joroba o dos. La cosa resulta terriblemente incómoda en ambos casos.

Duermen en unas tiendas de campaña fabulosas, lo cual siempre me ha parecido una excentricidad. Aquí en Oviedo instalan su campamento en algún punto secreto del Naranco, que todos estos días atrás ha aparecido nevado. Qué quieren que les diga, hay gustos que merecen palos. Unas personas de su posición durmiendo al ras con este frío. Personalmente opino que donde esté una buena cama, algún hotelito coqueto, que se quiten las aventuras.

Ya sé que hay una cabalgata en todos los pueblos y ciudades de España. Aun así, dudo que ninguna me pueda llegar a emocionar tanto como la nuestra. Aquí siempre les acompañan embajadores de los más exóticos orígenes: Dignatarios de Turfán, el Gran Khan de Samarkanda, el Sultán de Etiopía. Acompañados por los pastores de Galilea con sus corderos y ocas, a los que se suman nuestras mejores bandas de gaitas. El año pasado mis hijos escogieron pasar fecha tan especial para mí con sus pandillas respectivas. Ya son mayores para dejarse acompañar por su padre. Es ley de vida. Los amigos son la patria de los adolescentes. Ahí me quedé yo, por primera vez en muchos años sin nadie con quien compartir mi fiesta favorita.

A pesar de todo, no quise perdérmelo y fui solo. Estoy seguro de que fue la estrella de Belén la que guio mis pasos vagabundos hasta hacerme tropezar de bruces con mi primo favorito y su menuda familia en pleno follón de la calle Uría. El pobre no tenía brazos suficientes para auparlos a todos y las estaba pasando canutas. Agarré con brío al pequeño Pedrín y lo monté sobre mis hombros. Era justo la muleta que necesitaba para transformarme en niño de nuevo. Gritamos sus nombres con entusiasmo, fue muy emocionante. Melchor, mi favorito, nos dedicó un guiño cómplice a su paso y nos obsequió con caramelos.

Mientras les escribo, aún no sé lo que me habrán traído de regalo este año, pero conmigo nunca se equivocan. En la carta, que sin falta escribo con cándida inocencia, sólo les pido sorpresas. Feliz día de Reyes.

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