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Carlos Fernández Llaneza

La ciudad despierta

El recuerdo fotográfico de los Pilares, el acueducto que Oviedo destruyó

¿Han visitado la exposición “La ciudad despierta. Oviedo en la colección fotográfica del Museo del Pueblo de Asturias”, en la sala Sabadell Herrero? Si tienen ocasión, háganlo. No les decepcionará.

A lo largo de más de seis centenares de imágenes vamos a disfrutar de una ciudad que, en su mayor parte, ya no existe. Instantes grabados para siempre en una foto que nos mira desde el ayer. Que nos muestra la ciudad que pudo ser si conflictos bélicos, ignorancia, estupidez e intereses especulativos no se hubieran empeñado en arrasar. Existió un Oviedo diferente. Rico arquitectónicamente. Y en esta exposición podemos asomarnos a él. Cruzar nuestra mirada con la mirada congelada de ovetenses que nos contemplan desde el ayer. Es un juego curioso. Imaginar qué pensarían de nosotros y de cómo hemos preservado su legado. Me atrevería a proponerles un reto: ¿qué foto escogerían de toda la exposición? O de las que conserven en los anaqueles de su memoria. ¿Se animan? Mi elección: una foto del acueducto de los Pilares con el otero de San Pedro y el Naranco de telón de fondo. No podía ser otra. Supongo que todos tenemos un lugar especial. Por diferentes motivos el mío es ese. Mi vida giró, de una forma u otra, en torno a ese otero.

Una imagen coloreada de los Pilares, tomada en 1898.

El Naranco es uno de los espacios ovetenses esenciales para mí. Y echo de menos los Arcos de los Pilares. Son un claro ejemplo del desprecio que, en demasiadas ocasiones, esta ciudad demostró hacia su patrimonio. El 11 de enero de 1915 se inició un derribo que jamás debería haberse producido. De nada sirvieron todas las voces en contra. Así que esa foto reúne muchas de mis pasiones y frustraciones. Y a la vez une el Oviedo rural que se estira y, como el acueducto, se mete en la ciudad. O, tal vez, al revés. La ciudad se expande y coloniza ese ambiente bucólico que, poco a poco, ha ido desapareciendo. La foto es un claro testimonio. De ahí mi elección. Y ya que estamos casi en el aniversario del “acueducticidio”, vamos a mirar hacia lo que, de haber seguido el criterio de Juan Miguel de la Guardia, con el que aún estamos en deuda, hubiera sido un monumento único. De la Guardia sugería un paseo por encima del acueducto para llegar cómodamente hasta San Pedro y mantenerlo como eje central de una nueva avenida. Ni caso. Como tampoco se hizo caso alguno a Fermín Canella, cronista de la ciudad, quien clamaba en vano: “Pero, ¿estorbaba a nuestro evidente progreso el olvido de los recuerdos antiguos? ¿Conviene renegar de nuestro pasado destruyendo sus monumentos? Creemos que no. (…) Es bien claro, y Víctor Hugo, testigo de toda excepción, lo dice: ‘El sombrío color de los siglos hace de la vejez de sus monumentos la edad de su hermosura’”. El periodista ovetense Gervasio Arenal, al que la prensa calificaba de “recalcitrante pilarista”, resignado ante el derribo, manifestó: “¡Hágase la edilicia voluntad! ¡Todo por mi Oviedo!”. El diario “El Carbayón”, también fue una tribuna contundente en contra del derribo. El 12 de enero de 1915 clamaba desde sus páginas: “Callada, solapadamente, como quien se oculta en la sombra para realizar un acto que sabe habrán de repudiarle los demás, comenzaron ayer varios operarios del Municipio a derribar el acueducto de los Pilares. Nosotros, que repetidas veces hemos sostenido la necesidad de mantener íntegro el puente de los Pilares, tenemos que protestar enérgicamente de semejante orden, entre otras razones, porque la conceptuamos contraria al sentir de la inmensa mayoría del pueblo. El Ayuntamiento no puede, no tiene autoridad ninguna para disponer el derribo de los Pilares, porque se trata de un monumento nacional declarado así por la Real Academia de San Fernando. Dejamos a un lado otras razones de índole local tantas veces repetidas, respecto a la necesidad de mantener intacta una obra que forma entre los principales recuerdos de todo ovetense y que además da carácter a nuestra población. El Ayuntamiento incurre en grave error derribando los Pilares”. El 17 de enero de 1915 continuaba en su campaña, ya estéril: “Es inaudita la desfachatez del Municipio en este asunto del derribo de los Pilares. Hemos dicho, y lo sostenemos, que no tiene derecho ningún alcalde ni Ayuntamiento a disponer de una obra que en su valor arqueológico no les pertenece; que entre tanto la Academia de San Fernando mantiene su informe declarando monumento nacional al acueducto, que a pesar de las autorizadas voces de Oviedo dignas de consideración, no se ha revocado el derribo y sigue hasta el punto que ya se han derruido tres arcos. Esto nos parece un abuso intolerable que se comete con los sentimientos de un pueblo, dignos siempre de respeto”. En esta publicación, el diario se refería a los ediles ovetenses como “demoledores señores”, lo que no sentó muy bien a alguno de los miembros de la Corporación que en días posteriores escribió al diario justificándose.

El acueducto de los Pilares, durante su derribo, en 1916.

Los motivos para el derribo eran hilarantes: Que la Compañía del Norte ofrecía salvar con un puente el paso a nivel de la Argañosa, que los materiales del derribo darían algún dinero al Ayuntamiento y trabajo a los obreros. Que la obra de los Pilares no era ni artística, ni útil, ni bella, ni histórica, ni ovetense (¡lo que hay que oír!), y sí un obstáculo a la calle que a lo largo de ellos se abriría”. En fin. El Carbayón insistía: “Lo que procede es suspender inmediatamente las obras, ya que lo hecho no tiene remedio, si no que el Ayuntamiento quiere divorciarse totalmente del sentir del pueblo. Dejen las cosas como están mientras no haya una causa de fuerza mayor que justifique su transformación, que bastantes desatinos se han cometido”.

¿Les suena? ¡Cuántas veces esta ciudad vio cómo parte de su valioso patrimonio se fue sin remedio!

En una foto se comprende mucha historia. Se puede leer mucho más allá de la imagen que nos refleja. Esa foto del Naranco, de San Pedro y de los Pilares me sugiere una imagen de nostalgia, de pena, de rabia, pero, también, de reafirmación en que merece la pena seguir peleando por ese Oviedo que muchos soñamos. Por una ciudad que, lejos de sestear, se mantenga, como reza el título de la exposición, bien despierta.

Anímense, escojan su foto y tejan su propia historia.

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