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Gonzalo García-Conde

Paraíso capital

Gonzalo García-Conde

Viaje a la nostalgia

Sobre el éxito de la muestra “La ciudad despierta”, en la sala SabadellHerrero

A principio de Navidad me llegó un mensaje de mi polémico y queridísimo amigo, el econo-poeta y periodista cultural Sergio C. Fanjul, que estaba pasando aquí unos días de visita familiar. Como le gusta provocarme, me adjuntó una imagen de un operario reparando el paseo de los Álamos. “Tu sueño

No consiguió engañarme, la foto no estaba tomada a tiempo real, ni mientras paseaba ni con su móvil. La ropa de los viandantes y los modelos de los coches que circulaban por Uría delataban que había sido tomada en torno a la década de los sesenta. Se trataba, en definitiva, de una de las instantáneas que se exponen en la Sala Sabadell Herrero (Calle Suárez de la Riva, 4) bajo el título “La ciudad despierta: Oviedo en la colección fotográfica del Muséu del Pueblu d’Asturies, 1858-1978”.

Aun observando meticulosamente los protocolos sanitarios, cuenta ya con varios miles de visitantes desde su inauguración. Ha sido uno de los planes estrella de estas fiestas.

Hay varias razones que explican el éxito de esta expo. Es una selección de material concienzuda, un viaje por la leyenda de la ciudad revelando alguno de sus secretos. También una lección gráfica de historia contemporánea. A veces leemos en los libros catástrofes y memorias de nuestro pasado que no comprendemos en toda su trascendencia si no las llegamos a ver con nuestros propios ojos. Aquí encontramos segundos capturados por la mirada de Edmundo Lacazette, Luis Muñiz-Miranda, Ceñal, Alarde, Francisco Ruiz Tilve, José Vélez entre muchos otros, que hablan de la vida que les tocó vivir.

Pero también es un golpe de nostalgia. Tan interesante como las fotografías en sí mismas es observar las reacciones de los visitantes. Como identifican lugares, como clasifican sus recuerdos entre susurros señalando pequeños detalles que han descubierto. Las más de las veces con simple curiosidad. Pero en ocasiones con verdadera emoción contenida.

A mí, sin ir más lejos, volver a ver la osera de “Petra” o un Seat 124 circulando por las calles del Antiguo me devolvió a los ya lejanos años setenta de mi infancia, me hizo feliz fugazmente. Recuperar el recuerdo de aquel centro cultural que tenía Cajastur en los bajos de sus oficinas de La Escandalera, donde tantas películas de arte y ensayo vimos y tantos conciertos de jazz disfrutamos en los noventa me dejo un regusto de tristeza. En una ocasión asistí allí a una conferencia de Monserrat Caballé, casi una clase magistral de canto. Un recuerdo imborrable.

Por el camino de vuelta a mi casa iba pensando en todo esto, en la ciudad que fuimos y sobre todo en la ciudad que podríamos haber sido de no haber perdido tantas cosas por el camino. Una urbe de tranvías, de chalets fabulosos, con acueducto, comercios, industrias, grandes cafés con tertulia y personalidad propia. Una ciudad de cuento de hadas, como aventuró Woody Allen en sus visitas. Orgullo de sus vecinos y delicia de los turistas.

A pesar de mi edad, en esa ensoñación del pasado volvía jugando a caminar por los senderitos que dibuja en mosaico de Antonio Suárez. Hasta que pisé un adoquín de los muchos que están sueltos y el agua se coló en mis zapatos y dentro de mis pantalones. Eso me devolvió a 2021 y a la ciudad que realmente somos. Es lo que hay, supongo.

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