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Crítica / Música

María, dueña del Auditorio

La jovencísima violinista española deslumbra con la OSPA en el segundo concierto de abono del año

El segundo programa de la temporada “Iviernu” proponía un viaje a los países escandinavos de la mano de los compositores Sibelius y Svendsen y de la batuta del director Ari Rasilainen. Sin embargo, todo quedó eclipsado bajo la figura de la violinista María Dueñas, un terremoto granadino que sacudió los cimientos del Auditorio gracias a su inmenso talento y a la sonoridad que extrajo de su “Gagliano” del siglo XVIII.

Los tres movimientos que conforman el “Concierto para violín” de Sibelius yuxtaponen de manera compleja lirismo y virtuosismo. Pero nada parecía incomodar a la jovencísima violinista quien, luciendo un sonido terso y brillante en todo momento (con mucho cuerpo y unos graves contundentes), supo solventar los endiablados pasajes escritos por el compositor finés, disfrutando de la dificultad que entrañaban las dobles cuerdas y las agilidades; siempre con una emisión muy cuidada. La orquesta, muy celosa de arropar a la solista española, se mostró poderosa y con una sonoridad homogénea en sus intervenciones.

Haciendo gala de esa energía que caracteriza a la juventud, María Dueñas enfrentó el tercer movimiento, técnicamente el más complejo, de forma fogosa, provocando un leve desajuste al inicio del mismo, rápidamente solventado por Rasilainen y los músicos de la OSPA. Cerró su interpretación estelar con “Applemania” (de Alekséi Igudesman), en la que puso su técnica, impecable y depurada, al servicio de una expresividad muy bien entendida.

La segunda mitad de la velada musical siguió por los cauces que tenía previstos Ari Rasilainen para la interpretación de la “Segunda sinfonía” de Svendsen. Director y orquesta supieron encontrar el punto adecuado para ejecutar de forma notable ese sinfonismo escandinavo, si bien de orquesta nutrida, ligero en las texturas, y con cierto gusto por el folclore que aporta una luminosidad muy característica. Con una OSPA muy sólida, Rasilainen optó por unos tempos ajustados y alguna que otra dinámica hábilmente trazada, manejando con acierto las masas sonoras y cediendo todo el protagonismo a las distintas secciones de la orquesta, equilibradas en el volumen y bien timbradas.

A modo de síntesis, un concierto de altura, con una orquesta que sigue rindiendo a un nivel muy alto y que se entiende a las mil maravillas con el director. El programa aunaba lo más conocido y lo más ignoto del canon con un hilo conductor muy claro. Y la solista nos recuerda ese irresistible valor sublime de la juventud que, en unión de la música, resulta arrebatador.

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