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Carlos Fernández Llaneza

El perro de Vallobín

Una nostálgica historia canina

¡Qué fácil es despertar recuerdos dormidos! Bastó un cartel colocado por los desesperados dueños de un perro perdido y felizmente recuperado y, casi a la vez, escuchar casualmente una canción para rescatar de los anaqueles de la memoria un episodio lejano y, creía, olvidado. Fue en los 70. En el Vallobín de mi infancia feliz. Los alrededores de casa eran prados, espacio de juegos y vida compartida, donde gozábamos de sol a sol en plena libertad.

Un buen día, sin saber de dónde vino, apareció un perro. Poco más que un cachorro. De mirada lánguida y recelosa. Tímido y temblón se acercó. Suplicando unas migajas de cariño. Arrastrando sus miedos y su escuálida sombra. Mendigando una caricia. No le faltaban heridas ni cicatrices, tal vez de pena y olvido. Buscando, supongo, el afecto y el calor de hogar que le debía ser tan ajeno como desconocido. Deambulaba a nuestro alrededor sin acercarse. Desconfianza, probablemente, fruto de viejos maltratos. No debía de haber tenido una existencia feliz. Aquella mirada se clavaba. Se quedaba. Dolía. Tenía tantos nudos en su pelo como en su existencia, por no decir en su alma.

Con unas tablas y unos ladrillos preparamos una pobre caseta. Poco a poco se fue convirtiendo en uno más de nosotros. Hasta que un buen día, igual que vino, se fue. Nunca más supimos de él. Nos dejó un vacío, sí, pero el tiempo, cómo no, se encargaría de taparlo. Hasta que ese cartel y esa canción lo trajeron de vuelta desde el olvido.

La canción que contribuyó a rescatar ese recuerdo es una composición del cantautor argentino Alberto Cortez. Y ahora que la escucho de nuevo recuerdo nítidamente aquel efímero amigo del que nunca supimos de dónde venía y, tristemente, cuál fue su destino. Lo que dice Cortez en su canción es aplicable perfectamente a aquella historia vivida hace unas cuantas décadas en Vallobín. Como podría ser aplicable a algún perro callejero que, tal vez, se haya cruzado en sus vidas en algún rincón de su propia infancia: “Aunque fue de todos, nunca tuvo dueño / que condicionara su razón de ser, / libre como el viento era nuestro perro, / nuestro y de la calle que lo vio nacer. (…) Era nuestro perro, y era la ternura / que nos hace falta cada día más, / era una metáfora de la aventura / que en el diccionario no se puede hallar. / Era nuestro perro porque lo que amamos / lo consideramos nuestra propiedad. / Era un callejero y era el personaje / de la puerta abierta en cualquier hogar, / era en nuestro barrio como del paisaje (…) Era el callejero de las cosas bellas / y se fue con ellas cuando se marchó, / se bebió de golpe todas las estrellas, / se quedó dormido y ya no despertó. / Nos dejó el espacio como testamento, / lleno de nostalgia, lleno de emoción, / vaga su recuerdo por los sentimientos / para derramarlos en esta canción”.

¿Creen que un perro callejero olvidado merece protagonizar estas líneas? Pues qué quieren que les diga. Sí. Y me alegro de haber podido recuperar la triste y anónima mirada de aquel perro callejero que compartió, durante un tiempo, días de una infancia hoy casi diluida.

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