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José Ramón Castañón, Pochi

Entre tu libertad y la mía

Sobre los límites de las actuaciones individuales

Hay una sentencia muy socorrida, muy chachi, un tanto cursi y vacía, de la que muchos alardean en sus redes sociales, entre cuadros de texto con fuentes imposibles y adornándola con imágenes infantiles de pajaritos trinando: “Mi libertad se termina donde empieza la de los demás”.

La máxima es brillante pero el problema (siempre hay un problema) surge cuando uno cree navegar en las aguas del entendimiento y la convivencia cívica sin darse cuenta de que lo que ocurre es que está zambullido en la ignorancia y la contradicción.

Si no me creéis recorramos toda una galería de personajes simples, incívicos, odiadores, violentos, en un océano de pendencieras situaciones cotidianas de las que Sartre, el ocurrente pensador del apotegma, se revolvería en su tumba al comprobar diarios ultrajes al axioma.

Cómo me acuerdo de Kant cuando hablaba de la insociable sociabilidad del hombre, su necesidad de los otros y su permanente tendencia a disgregarse. Y sí, mis queridos conciudadanos, esta es lo que descubrimos de forma cotidiana. Soy amante de los animales, tan adorables y cariñosos, pero ¿merecerán la misma consideración sus dueños? Que levante la mano aquel que jamás ha hollado excremento de perro en tal manera que no ha arrastrado la inmundicia varias calles a la redonda.

Y qué decir de los esputadores de gargantas profundas, cual misiles flemáticos o sentencias infames que salen de sus indescriptibles bocas. O cómo no hablar de los fumadores de terraza, fauna pobladora de aceras y aparcamientos, de puertas y pasillos por donde transitamos los mortales. Y, dejando atrás escatologías, gargajos o vociferos, vayamos con un interesante ejemplo: los odiadores profesionales, los que no soportan que seas diferente, o simplemente que existas, los que se toman la libertad de destrozar lo que con todo el derecho es tu espacio, tu lugar, tu portal, tu fachada.

Estas conductas incívicas son el reflejo de lo distorsionada que tenemos la palabra “libertad”, la misma que ensalzamos con arengas pero que embrutecemos con obras. Sartre decía que los otros son nuestro infierno y la libertad nuestra peor condena.

Qué razón tenía, nuestra libertad nos condena a tener que decidir y hacernos a nosotros mismos, exige tremenda responsabilidad saber que cada acto ha de convertirse en una ley que sirva para todos. “Tus actos son tus monumentos”, nos decían en “Wonder”. Menudo marrón, pensaba el atormentado existencialista. Y lo peor de todo, saber que si miro a los otros a la cara descubro un peso ético que abruma mi existencia. Así que, mis amados conciudadanos, es normal que cientos o miles de nuestros amados vecinos hayan decidido mirar para otro lado, centrarse en sí mismos y pensar que los demás no merecemos más que su mierda o sus esputos odiadores.

En nuestra torpeza para comprender esta evidente “madre del cordero”… ¿qué no ocurrirá cuando se trata de algo tan íntimo como nuestras creencias y formas de pensar? Sin duda el tema se vuelve peliagudo al abordar la libertad de expresión, ya sea en ámbitos privados o públicos, máxime con lo fácil que algunos resuelven todo a golpe de tuit, o de adoquín, o de contenedor, o de negocio destrozado, renegando de alcanzar la cordura a través del equilibrio entre exponer con claridad asuntos y cuidar las formas en las que se expresan en un acto de inteligencia, respeto y buen gusto. Los mismos, seguro, que estos días merodean las nocturnas calles de muchas ciudades esputando gritos de libertad, saqueando y destrozando, con una “finezza” tal que pone la piel de gallina, incluso a aquel Sartre que alentó los adoquines del Mayo del 68.

Sí amigos, no seré yo el que me calle, el que aplauda o tuitee gilipolleces pseudoprogres. Y tu libertad y la mía, y la de cada uno de nosotros, como la del que esputa, insulta o destroza, como la del que me odia, es el gesto cotidiano que ha de confirmar nuestro deseo comprometido de convivencia, de construcción de una verdadera democracia; es la decisión más responsable que definirá la talla, no sólo de mi calado ético, sino también del nivel de ciudadanía sobre el que queremos construir nuestras sociedades. Ojalá encontráramos una vacuna que, a la par que bloquea los virus, anulara la ignorancia, la estupidez, e insuflara de manera permanente la virtud en peligro de extinción de la inteligencia social, o con palabras de Sartre “el compromiso intelectual en la calle”.

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