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Chus Neira

Conchita Quirós, un espíritu libre entregado al entusiasmo literario

Tenía Conchita manos pequeñas y ensortijadas y una mirada vivaz y traviesa que se le iba detrás de los libros cada vez que encontraba un nuevo título que llamaba su atención. Muchas tardes acabamos hablando en ese rincón de los ilustrados, especiales, de autor, donde Concha te enseñaba el volumen con mimo, acariciaba el lomo, pasaba las páginas admirada, paladeaba las palabras y se le hacía la boca como agua para contar su gozo ante la calidad de estas nuevas ediciones que ella gustaba amadrinar bajo el título “los bellos libros”.

Su romanticismo en el oficio no tenía que ver con cualquier otro tiempo pasado porque su entusiasmo iba cosido al aquí y ahora editorial, como una niña incapaz de dejar de sorprenderse y pensar que las cosas solo pueden ir bien. Pero sí a la hermosura de la letra impresa, y así creo que la conocí, o me la figuro ahora, en las mañanas lluviosas de un sábado en Oviedo cobijados unos portales más atrás, en Doctor Casal 3, entre anaqueles metálicos y montañas de libros de donde sacaba un librito de La Galera y dibujos de Asunción Lissón en cuya portada también llovía y donde con letra de palo y de la mano de una niña podías juntar la “pe” con la “pa”.

Luego Cervantes abrió abajo y se hizo grande. Tanto, como el magnetismo de una mujer que te había despachado libros con los que aprender a leer y ahora era una señora irreductible, gobernanta y locomotora. El estirón de la librería en el paso de un siglo a otro fue consecuencia lógica de su optimismo militante y una cabeza abierta y orgullosa. Concha mandaba mucho y ejercía también ese poder con generosidad hacia libros y autores, porque creía en el ecosistema más allá de su papel en la cadena, donde se reconocía como mujer de letras capaz de utilizar todas las armas.

Si habláramos de Conchita Quirós hoy como si no la hubiéramos conocido antes utilizaríamos palabras como “empoderada”, “workaholic” o “pionera”; pero guardo la impresión íntima de que ella nunca necesitó reconocerse en espejos identitarios, en que hasta para eso fue un espíritu libre, veloz y enamorado, un alma hermosa tocada por la magia de la cultura. Nuestra gran señora de Cervantes.

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