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Mujer y librera tenías que ser

Conchita Quirós era mi sinónimo favorito de Asturias. Para los APQ, como los llamaba Pedro De Silva, los “AsturiasPatriaQuerida” o “asturianos por el mundo”, pa entendernos, hay anclajes a tu patria que son los que te mantienen más firmemente unida a ella. No es la familia. No son los amigos. Casi diría que ni la gastronomía o les fiestes de prau, para las que una ya va haciéndose mayor. Son cosas muy sutiles, como algunas canciones, los olores de la infancia –cada vez más remotos de encontrar– o el placer de beber sidra hasta sentir las piernas de lana.

Y luego estaba Concha. En ella confluían dos de las coordenadas que han hecho de mí lo que soy: los libros y el lugar; por ese orden, además. Cada verano me aseguraba de pasar por la Cervantes y quedar para un cafetín. Este verano inaudito no fue una excepción, aunque esta vez nos vimos en El búho lector, la “delegación infantil” de Cervantes, e intercambiamos mascarillas. El signo de los tiempos. Hablamos de ideas delirantes para continuar con las celebraciones del centenario de la librería y bromeamos sobre su vehículo colorau, al que medio de guasa bauticé como su troncomóvil. Por supuesto, de su pelo punki y de cómo avanzaban mis propias canas.

Concha me recordaba a mi abuela, me recuerda a mi madre, y como ellas, era de esas mujeres que parecen llamadas a ser eternas. Por cómo son, por lo que son, por lo que han hecho. Yo no sabía que Conchita había ido a estudiar a París, ni más ni menos que con una beca del Gobierno galo; ni que había sido la primera mujer que condujo en Oviedo y, por lo que he leído, soportó estoicamente un “mansplanning” diario, de manual, por parte de un diligente urbano. Pero desde luego todo eso me encaja con ella. Ahora que se acerca el Día de la Mujer pienso en todas esas mujeres que, cada una a su manera, hacen del mundo un lugar mejor sin pedir nada a cambio; por el mero hecho de estar en él, ser como son y hacer lo que hacen.

La generosidad de Conchita no tenía fin ni doblez. Era todo por los libros y para los libros, por los autores y para los autores. Librerías con Huella, el Club de lectura La Pizarra, el vínculo eficaz con todas las bibliotecas, o el conseguir que los premiados en cada edición de los Premios Princesa de Asturias fueran a firmar a la Cervantes. Conchita era una artista del “networking”.

Me doy cuenta, no sin cierta tristeza, que la quería mucho conociéndola muy poco. No acierto a decir si eso es algo bueno o malo. Lo que sé es que el hueco que me deja es como el de un incunable robado en una librería. Un hueco que se acaba de instalar por siempre en todos mis veranos.

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