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La pasión por los libros de una perspicaz y moderna empresaria

Aurelia, aquella madre maestra, conservadora y valiente, y Alfredo, el padre liberal emigrante a Cuba y fundador, a su regreso, de la Librería Cervantes, forjaron el carácter de Conchita Quirós, una mujer que supo combinar su pasión por los libros con una aguda y perspicaz visión empresarial. Una librera atenta a lo grande y a lo pequeño, a lo de aquí y a lo de fuera, dueña y señora de un recinto cultural en el que es fácil encontrar lo que buscas. Un espacio de libros, de palabras, de conversación amena y cálida, de instrucción y de sabiduría. Un lugar de tertulia, muy alejado del frentismo y el resentimiento que caracterizan a la sociedad asturiana y española. Una casa del pueblo libre y sin trastienda.

No será fácil para los habituales entrar en la Librería Cervantes y no encontrarse con el rostro sonriente, la palabra amable y el estilo colorido y elegante de Conchita. Su muerte, tan inesperada, tiene algo de esa discreción que siempre caracterizó su fuerte personalidad. El protagonismo nunca era de ella, era de los autores, de los editores, de los clientes o del sólido equipo que la acompañó a lo largo de los años y que tanto tiene que ver en el éxito de un negocio con mucho de viaje, encuentro y conocimiento.

Andrés, Viti, Tino, María José, Javier, Ramón, Manolo, Luisa, Tere, Ángel e Isabel son sólo algunos nombres –los que puedo recordar– que trabajaron codo con codo con Conchita para hacer de Cervantes una de las grandes librerías españolas. En esta trayectoria fue clave su visión emprendedora y empresarial, decidiendo el traslado del negocio del antiguo y pequeño local al actual, también en la calle Doctor Casal, y apostando, allá por los ochenta y cuando casi nadie todavía lo hacía, por la informatización. Conchita siempre fue una mujer moderna y adelantada a su tiempo.

La crisis de 2008 no se lo puso fácil, pero la librería resistió. Después llegaría el coronavirus, que la obligó a cerrar por primera vez desde la guerra. A sus 85 años, con una buena salud de la que sólo se resentían sus rodillas –había comprado un scooter eléctrico del que disfrutaba como una niña–, preparaba con entusiasmo la celebración, este mismo año, del centenario de Cervantes.

Creía en una cultura con participación ciudadana y apoyaba todas las iniciativas que le proponían en ese sentido. Se fue sin despedirse, pero deja páginas vitales brillantes. Me gusta imaginar una ilustración en la que allá arriba, entre las nubes, ha sido recibida por Aurelia y Alfredo, sus padres; por Paco Ignacio Taibo y Manuel Lombardero, aquellos primeros empleados de la librería, y también por Ángel González, amigo de todos ellos.

Alfredo III, como llamaba cariñosamente Conchita a su sobrino, es el responsable de coger el testigo y continuar con ese ya centenario legado. Dice Emilio Lledó que el libro es un recipiente donde reposa el tiempo. Un recipiente que, en mi caso y en el de tantas otras personas, tiene su origen en esa experiencia vital y alegre que significa atravesar la puerta de la Librería Cervantes y viajar a ese país de la aventura que es la lectura.

Y Conchita sonriendo en el recuerdo.

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