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Tino Pertierra

La reina de los castillos imaginarios

Conchita me contó, sentada en un pupitre dentro de la librería, que el nacimiento con partera la pilló lejos del Oviedo que luego encuadernaría su libro vital: en Pillarno (Castrillón), un 21 de mayo de 1935. Casi a las puertas mismas del horror que llegaría con tinta de sangre.

Fue la primera de cuatro hermanos. Responsabilidad de guía y ejemplo. Interesante: su madre era maestra. Enseñanza, divulgación: el inconfundible dibujo de un pupitre en los genes. Y su padre, Alfredo, había emigrado a Cuba con solo 14 años, pero sólo estuvo seis allí. Riesgo, capacidad de emprendimiento. A los 20, volvió a su tierra con la excusa de que su corazón estaba en cabestrillo: “¡Y murió a los 95!”, recordaba su hija.

En su vuelta al paraíso, Alfredo Quirós no tuvo en cuenta la falta de antecedentes familiares y abrió una librería en Oviedo. ¿Sospechaba que algún día aquella empresa se convertiría en santo y seña de las librerías nacionales? Cervantes: un Quijote con lanzas de papel. Me contó Conchita que al principio se pasaron muchos apuros, y era normal porque estaba especializada “en libros pedagógicos y escolares, y como los maestros ganaban tan poco, no había forma de subsistir. Por eso se ampliaron los fondos con otro tipo de libros más comerciales”.

Y entonces la maquinaria empezó a carburar. La memoria de Conchita Quirós empezó a almacenar hojas y hojas llenas de recuerdos de ramaje consistente en aprender y soñar. Estanterías repletas de mundos a los que viajar con el simple gesto de abrir un libro: “La posguerra era una época gris y poco divertida, de mucho trabajo”. Los libros daban color, calor. Y sudor: “Muchísimo. En la librería todo el mundo trabajaba sin descanso. Pero yo tenía una válvula de escape: la pasión por leer. Ese era mi premio, lo que yo pedía como regalo: que me dejaran leer por placer, no como obligación”.

Náufraga por voluntad propia en una isla de palabras e imaginación, Conchita me contó que “no era consciente de las estrecheces y miserias que había alrededor, y, sobre todo, no me daba cuenta de la falta de libertades. Hasta los veintitantos no se me abrieron los ojos. Vivía en el limbo. Mi padre era muy liberal, respetuoso con las ideas de todos, y el no alinearse con el poder le costó no pocos disgustos”.

Aquellos cofres de papel eran su tesoro más valioso, un juguete de pilas que nunca se acaban, pero no fue el único: “Una vez tuve un sucedáneo de Mariquita Pérez, la muñeca de moda. Yo era en algunas cosas una privilegiada, podía presumir de lápices, pizarras y pizarrines, porque los que llegaban rotos de fábrica pasaban a mí. Estudiaba sólo la Enciclopedia Dalmau, anterior incluso a la Alvarez. Por eso, cuando pasé al Bachillerato y me daban cinco o seis libros, no me lo podía creer”.

El escenario: un Oviedo “abarcable, dominado por el miedo a hablar, donde había muchísimos libros prohibidos”.

Era una niña sociable y tranquila. Nunca dejó de serlo: sociable, tranquila y niña. Capaz de ilusionarse pasados los ochenta con la decoración de un nuevo escaparate como una guaja con zapatos nuevos. Sus escenarios de juegos olían aún al maldito perfume de la metralla asesina: “Mis casas de muñecas eran nidos de ametralladora”. Eran días de bollos de Pascua (“de leche y mantequilla, riquísimos, parece que los estoy oliendo”), de excursiones audaces en busca de nidos de gorriones y jilgueros, de imágenes insólitas en su belleza asombrosa que encontraba en Conchita a una espectadora asombrada (“el rizo de la planta del guisante me parecía mágico”), de páginas y páginas que eran blanco de sus ojos incansables. Me contó que cuando aprobó el Bachillerato “me dieron a elegir mi premio, y yo no dudé: leer todo lo que quisiera”. El premio gordo. Leía las aventuras de piratas enamorados de Salgari, leía las historias de cabalgadas polvorientas de Zane Grey, leía los enigmas proféticos de Julio Veme, leía las osadas peripecias de “Beau Geste” y el zafiro “Agua Azul”.

Consejo de Conchita: “Los libros tienen que estar manoseados, rotos si es preciso de tanto usarlos. Los libros tienen que estar tan gastados como tus zapatos más cómodos”. Pensaba que deberían pagar sólo “por reflexionar, por fabricar ideas que otros pongan en marcha. Ahora se avecinan tiempos para los que hay prepararse y estar ojo avizor, sin quedarse anclado en viejas fórmulas. Y, por supuesto, sin dejarse invadir por el miedo hacia lo que viene”. Su padre decía: pobre de aquel que no disfruta con su trabajo. A Conchita le pasaban volando las horas calzada de libros: “Mientras construyo mis castillos imaginarios”.

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