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Gonzalo García-Conde

Paraíso capital

Gonzalo García-Conde

Grandeza del Tartiere, miseria del centollu

Evocación de las tardes de fútbol en el estadio de Buenavista

Todas las veces que paso junto al Calatrava me acuerdo del antiguo Tartiere, de mi Tartiere, no lo puedo evitar. Cuando se tiene una referencia emocional tan fuerte da igual que te la derriben y que construyan un monstruo en su lugar, sigue viviendo en los sueños.

En abril del año 1982 yo tenía nueve años. Aún no sabía muy bien cómo funcionaban las cosas de la vida ni las del fútbol. Juan Olay, hombre buenísimo que fue un segundo padre para mí, me llevó a la reinauguración del Estadio de Buenavista.

Se celebraba con un amistoso entre el Oviedo y la selección de Chile. Los recuerdos son bastante borrosos. Tengo más imágenes guardadas de la llegada al campo que del partido en sí mismo. Qué ambientazo: ríos de gente, vendedores ambulantes, largas colas, y, al fin, el césped.

Aquel día pasó algo que sería impensable hoy, en un fútbol moderno tan profesionalizado y mega esponsorizado. El Oviedo, que penaba también por aquel entonces en la segunda división, se reforzó para la ocasión con tres de sus ex jugadores que militaban en equipos de primera: Iriarte del Osasuna, Carrete del Valencia y Uría, que había emigrado al Piles.

Olay siempre me tiraba de la lengua, le encantaba hacerme hablar, se partía de risa con mis razonamientos. Ese día le pregunté qué número llevarían esos refuerzos extraordinarios a la espalda. Mi teoría era que, dado que los tres jugaban en primera y eran por tanto mucho mejores que los nuestros, los tres deberían jugar como delanteros.

Con mucha delicadeza, Juan Olay me explicó que no, que cada uno jugaría en su puesto habitual con su número correspondiente. Carrete era el lateral derecho más lateral derecho del mundo. Inexcusablemente jugaría con el número dos. A mí aquello me sonaba a insulto. Aunque fuese bajito y trabado. Aunque pareciese permanentemente cabreado. Aunque su superpoder fuese el pundonor. Aunque solo hubiese marcado seis goles en toda su carrera. Era de ley cederle la elástica con el nueve, igual que Quini la llevaba en la selección.

El partido terminó con empate a cero, futbolísticamente debió resultar aburridísimo. Pero sí me tocaron otras tardes increíbles en aquel estadio, años después. Sobre todo las del equipo de Miera: Tomasón, Zubeldia, Carlos, Chapacú. El ascenso. Era un buen estadio el Tartiere, una espléndida mole de hormigón que lográbamos hacer temblar. Los goles y los uys se escuchaban en toda la ciudad. Era nuestra casa.

La vida moderna, los aforos y la política se lo llevaron por delante. Mis sueños volaron dejando paso al Calatrava, trasto hoy vacío pero de presencia abrumadora. No quiero que se me entienda mal: me encanta la arquitectura de vanguardia. Admiro la belleza de las superestructuras, creo en el poder de su singularidad para cambiar la vida de las ciudades. Cierto que el valenciano no es mi arquitecto favorito. Hubiese preferido a Foster, Niemeyer, Moneo o Frank Gehry, todos ellos galardonados igualmente con el Princesa de Asturias de las Artes. Pero fue al que se escogió. No critico eso. Tampoco al edificio en sí mismo, a pesar de su maldición, de estar tan mal encajado en esa parcela, de lo irritante que resulta visto desde el Naranco.

En realidad yo les hablaba de la grandeza del Tartiere para evitar mencionar las miserias del Centollu. Del que lo mejor que puedo decir es que a mí me recuerda más a Mazinger Z que a un crustáceo. Así que cerraré los ojos, recrearé viejos goles, glorias pasadas. Y volveré a casa hablando sin parar, riendo sin callar, agarrando la mano de aquel gran tipo.

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