Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Gonzalo García-Conde

Crítica / Música

Gonzalo García-Conde

Ara Malikian, el hipnotizador

El genio libanés no es solo un violinista: sus conciertos son un juego de sensaciones

Un mago nunca revela sus trucos. Un buen narrador nunca cuenta toda la verdad. Lo que importa es la ilusión, la fascinación del espectador. Los que hayan ido al Campoamor para ver “Le Petit Garage”, última aventura del genial Ara Malikian, lo saben. Porque si iban pensando que asistían a un concierto se equivocaban.

Malikian no es un violinista. Al menos no es sólo eso. Es una experiencia, un juego de sensaciones que engaña a los sentidos. Es un hipnotizador. Su origen libanés le sitúa dentro de la más antigua y fascinante tradición de cuentacuentos.

Ara Malikian junto al alcalde de Oviedo

Primero crea la atmósfera. Una iluminación calculada, cálida, como si nos sentasen corro, alrededor de una hoguera, de noche y a cielo descubierto. Sólo entonces escuchamos su violín y vemos aparecer su inconfundible silueta entre sombras y brumas.

A lo largo de la velada Malikian crea una ficción llena de inocencia. Pero lo que se esconde debajo de ese manto de fantasía es una tragedia. Ha vivido muchas vidas y las maquilla porque un espejismo es mejor que la brutal realidad.

Nació en el barrio armenio de Beirut y su primer juguete fue un violín. Pero la banda sonora de su infancia fue el estruendo de los bombardeos que sufría su ciudad. Con catorce años fue descubierto por un director de orquesta alemán, que le consiguió una beca para trasladarle a Hannover (solo, lejos de su familia, idioma y cultura). Allí recibiría una formación clásica, estudios que terminaría entre Londres y Madrid, donde llegó a ser concertino de la Orquesta Sinfónica de Madrid, titular del Teatro Real.

Todo eso Malikian lo envuelve con su música y su deliciosa manera de contar mentiras. Con la complicidad de su socio en estos azares, el extraordinario pianista Melón Lewis. También afincado en España hace años. Guardián a su vez de la tradición cubana. Cultura donde crear versiones de realidades dramáticas también forma parte de la supervivencia. Donde magia y santería juegan un papel trascendente. ¿Quién podría entenderle mejor?

Así va Malikian deformando su versión hasta lo grotesco, hipnotizándonos con susurros, con sonidos bamboleantes, dulces, delicados o pasionales. Llenos de raíces con mil patrias. Un hilo de verdad que construye una quimera.

Sin embargo, si finalmente decidiésemos desnudar sus artificios, tendríamos que reconocer que en el fondo sólo nos contó verdades. Porque sí, Malikian nos reveló su secreto. Quién es y cómo se ha convertido en el artista maravillosamente singular que es hoy en día. Para él, cada parte de su historia es tan importante como las demás. La música clásica no tiene sentido para él sin sus raíces armenias, ni estas sin la influencia sefardí, ni puede renunciar a la música pop, ni darle la espalda al tango. No puede escoger entre el violín de su padre, el de Paganini o el de Ravioli, este último fruto delirante de su imaginación.

No podría hacer todo a la vez si no fuese capaz de romper los estereotipos de uno en uno, liberarse de los corsés. Es su memoria la que se convierte en la medida de todas esas influencias.

Cuando el Campoamor recupero la normalidad de su iluminación, Ara y Melón se habían evaporado. Nos despertamos de un sueño. Regresamos a la realidad. Abandonamos la sala flotando, un poco aturdidos, y sin embargo siendo más tolerantes y más sabios.

Compartir el artículo

stats