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Carlos Fernández Llaneza

El “tesoro inimaginable”

El inventario de las reliquias custodiadas en la Catedral

Hace justo un año les proponía un fabuloso viaje en el tiempo. Un viaje fantástico al 13 de marzo del año 1075: apertura del Arca Santa. Había llegado a Oviedo, procedente de Tierra Santa, durante el reinado de Alfonso II, dando así inicio al papel de la Catedral de Oviedo como relicario. A esto se sumaron la llegada de los restos de los mártires Eulogio, Leocadia, Leocricia y Eulalia, la hidria de las Bodas de Caná, la casulla de San Ildefonso... hasta el punto de que se consideró que ningún templo de la Península Ibérica poseía más reliquias que el ovetense. La Cámara Santa ha sido, desde su construcción en el siglo IX, el lugar en que se custodian las principales reliquias y tesoros del templo.

Todas las reliquias halladas en su interior fueron enumeradas, destacando entre todas ellas el Santo Sudario del Señor. La relación de reliquias fue recogida en un pergamino del que se conservan dos copias del siglo XIII en el Archivo Capitular de la Catedral.

Pero, ¿cuál era el contenido de ese “tesoro inimaginable” La relación más fiable y completa es la del documento real de Alfonso VI, que el propio rey refiere en el documento de la donación de Langreo y que Enrique López recoge junto con numerosísima información en el magnífico libro “Las Reliquias de San Salvador de Oviedo”. Según ese documento, el número de reliquias custodiadas se eleva a 85: 7 del Señor (2 incluidas después de las de la Virgen); 2 de la Virgen; 8 de los apóstoles (5 dentro de la lista de los santos: Santiago hermano del Señor, San Juan Apóstol, San Andrés, San Juan (sic) y San Pablo Apóstol); 1 de los profetas; 1 de San Juan Bautista; 4 de personajes del Antiguo Testamento (profetas Ananías, Azarías y Misael) y 62 de “otros muchísimos santos cuyo número solo la ciencia de Dios abarca”.

Hay otro documento, el Manuscrito de Cambrai, escrito datado en torno al siglo XII o XIII en el que también se describe el contenido del arca de forma, quizá, un poco más fantasiosa. Dice este escrito: “Temblando y lleno de miedo, se llegó al Arca con toda reverencia él (el abad Alveredo) y el Rey solos y, una vez abierta, encontró en ella doce cajitas cerradas cuidadosamente con llave. Abrieron una sola de ellas y descubrieron en su interior las reliquias siguientes: leche de Santa María, parte de la cruz del Señor, parte de la corona de espinas, un poco de la roca del sepulcro, tierra del lugar donde ascendió al cielo, parte de los pañales en los que estuvo envuelto, sangre de la imagen que unos judíos hirieron, volviendo a crucificarlo, un trozo de la vara de Moisés, maná, la bolsa de San Pedro, la bolsa de San Andrés, un trozo de la cuna donde yació de niño, la suela del calzado de San Pedro, cabellos de Santa María Magdalena y otra muchas cosas que no le fue posible ver, debido a que la Reina y la hermana del Rey se acercaban, entre tanto, sigilosamente con la intención de apoderarse, si les era posible, de algo del Arca. El Abad, al darse cuenta, cerró rápidamente el Arca que había abierto y pasó la llave sin que nadie después hubiera intentado abrirla. Quedaron fuera del Arca la bolsa de San Pedro y la de San Andrés. Al Abad le pesó mucho haber abierto el Arca y examinado su interior, porque al poco tiempo perdió la luz de sus ojos”. En fin, en palabras de Enrique López, “curioso relato en el que se percibe el eco lejano y confuso de unos hechos históricos deformados por la tradición”.

Lo que sí es innegable es que, gracias a esas reliquias, Oviedo se convirtió en punto de atracción para peregrinaciones de toda Europa y que, en buena medida, esos hechos contribuyeron a configurar, a lo largo de los siglos, el Oviedo actual.

Y, a fin de cuentas, los ovetenses de hoy somos orgullosos custodios y usufructuarios de ese legado secular y, si cabe, aún un poco más en este año en el que se cumplen los 1.200 años de la consagración de la Catedral de El Salvador a la que Menéndez Pidal definía como “relicario de los Doce Apóstoles”.

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