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Carlos Fernández Llaneza

Monte Alto, más que un parque

Las necesidades del parque Purificación Tomás, un lugar emblemático de la ciudad

“Yo, Frómista, abad desde hace veinte años junto con mi sobrino el monje Máximo, nos establecimos en este lugar, abandonado y deshabitado, fundando una basílica en honor de San Vicente, mártir de Cristo y levita”. Este conocido texto, supuestamente del año 781, relata el primer asentamiento monástico encabezado por Máximo y su sobrino Fromestano y fue considerado como el documento fundacional de Oviedo, si bien la copia es del siglo XI o XII por lo que habría que tomarlo con todas las reservas. Pero es lo que nos enseñaron en el colegio: “Máximo limpiaste y desmontaste antes de agora este lugar, que llaman Ovetao, y lo allanaste con tus esclavos estando áspero y fragoso sin que nadie lo poseyese y lo despojaste del monte que tenía”, según traducción de Ambrosio de Morales. Hoy sabemos que no es así. En los últimos años se ha ido conociendo más sobre la romanización de Oviedo, especialmente después del hallazgo de la fuente en la ampliación del Museo de Bellas Artes. Era sabido que, en el Naranco, donde se ubica la iglesia de San Miguel de Lillo hubo algún tipo de villa romana. Así como en el entorno de Villamorsén o Villarmorsén (villa de Ermesindus). La villa Murias de Paraxuga, que arrasó la construcción de la la Facultad de Medicina, o el hallazgo de tégulas romanas en San Pedro de los Arcos, dan fe de una presencia romana en Oviedo. No en vano era un importante cruce de caminos y la protección que ofrecía el Naranco y los ríos Nora y Nalón actuaba a favor. Pero mucho antes de Máximo, Fromestano y las posibles villas romanas, ya hubo “ovetenses” por estos pagos. Cerca de Latores estaba “Castiellu de Llagú”, castro arrasado en 2005 por la ampliación de una cantera para vergüenza de autoridades municipales, autonómicas y Consejo de Patrimonio. Se cree que estuvo habitado entre el siglo IV a.c. y el II d.c. En Fitoria se emplazaba el castro de La Cogolla; también pasó a mejor vida. Castillo en Cuyences, el Cantu de la Torre en Paredes y así hasta dieciséis catalogados. Y por Monte Alto también se paseaban nuestros antepasados.

Una imagen del parque de Monte Alto a finales de los años sesenta del siglo pasado. | Vicente Álvarez

De niño pasé decenas de veces por él sin saber siquiera qué era un castro; eso sí, siempre con miedo y cuidado de los celosos doberman que guardaban la finca de Julián Rodríguez. Pero centrémonos en ese cercano y desaparecido castro. Era un escalón o contrafuerte del borde inferior del Naranco, situado al Noroeste de Vallobín y al sur de los monumentos prerrománicos. De hecho, se ha resaltado la importancia de este enclave por su cercanía a ellos y a la citada anteriormente villa romana en el Naranco. El castro se hallaba en la zona superior de Monte Alto y constaba de un recinto ligeramente ovalado de 72 metros de longitud. El lugar estaba protegido por un escarpe de 4 metros de altura, rodeado de un foso. De él nada queda, ni de la muralla o del parapeto que sin duda tuvo. La ausencia de restos obedecería al aprovechamiento de la piedra en las edificaciones posteriores del contorno o a que se trataba de un castro con empalizada y vivienda de madera. Es muy probable que se tratase de un castro-torre o de una torre de vigilancia que controlaba, dada su posición prominente sobre la ciudad, toda la cuenca ovetense y el paso de los caminos hacia Lucus Asturum y la ciudad romana de Gigia. Y esto lo sé gracias al gran trabajo que llevó a cabo en 1964 José Manuel González y Fernández Vallés, apodado cariñosamente por los que gozaron de su amistad y por sus alumnos como “Piedriquina”. Pues bien, hoy esa zona es el parque Purificación Tomás. Pisamos sobre un lugar especial. Por su historia y por su magnífica ubicación de la que podemos disfrutar todos los ovetenses. Fui asiduo de este parque. Me enfadó mucho la construcción, en su día, de una pista para bicicletas que lo seccionó irremediablemente y que ahora se encuentra en un estado más que mejorable. Lo que fue bar es una ruina lamentable; curiosamente, ejerce como conejera. Las instalaciones deportivas claman a gritos mejoras a fondo. El edifico que albergaba los servicios permanece tapiado y embadurnado de pintadas. Así que un lugar tan emblemático en nuestra historia común bien merecería una buena mirada para mejorar su aspecto. Ya que no supimos conservar lo que la historia nos legó de nuestros ancestros más lejanos, conservemos y mejoremos lo que sí tenemos hoy.

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