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Jonathan Mallada Álvarez

Crítica / Música

Jonathan Mallada Álvarez

Primavera Sinfónica

Un reto “mayúsculo” para abrir la temporada de la OSPA

La OSPA abre su temporada de primavera con un concierto diferente, pero de gran nivel artístico.

No era un concierto habitual el que abría el ciclo de “Primavera” de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA). No había director sobre el pódium, sino que esta responsabilidad de comandar a la agrupación asturiana recayó sobre el solista, el concertino de la London Symphony, Roman Simovic. El reto era mayúsculo, pero los resultados no le fueron a la zaga.

Ya desde los primeros compases de la “Italiana” de Mendelssohn (pues también se invirtió el orden más normalizado del programa interpretando, en primer lugar la Sinfonía y, después el Concierto), se percibió una orquesta muy seria y con una sonoridad compacta, donde destacó una cuerda especialmente brillante y homogénea. En el “Andante con moto” supieron imprimir el carácter solemne de la marcha que había cautivado al compositor germano en su viaje por la península itálica, al mismo tiempo que lucieron bien balanceados, con un volumen cuidado y una articulación precisa y bien trazada. La fluidez imperó en el “Scherzo”, con una orquesta que seguía cada movimiento del dinámico Simovic, contagiando su carácter enérgico y pasional a la sinfónica en un número bastante aseado, con alguna dinámica bien ejecutada y las maderas a gran nivel. En el cuarto, el solista-director dio rienda suelta a una cuerda muy sólida, logrando un movimiento trepidante y con carácter, pero a la vez atractivo y bien matizado.

Todas estas sensaciones se confirmaron en el “Concierto para violín n.º 2 en sol menor” de Prokófiev, donde el hecho de que Simovic actuase como solista no le restó seguridad a la formación del Principado, que mantuvo una gran sincronía y la contundencia en todas las entradas. Simovic extrajo un sonido muy hermoso de su Stradivarius, particularmente en el registro agudo, y la orquesta se mostró celosa de arroparlo en todo momento, algo que se potenció todavía más en el segundo movimiento, siempre con un sonido y una emisión muy adecuados, mientras Roman “florecía” gracias al lirismo que encierra la partitura de Prokófiev.

El tercer movimiento (“Allegro ben marcato”), técnicamente más complejo, no puso en apuros al solista y director, impecable y con una limpieza extraordinaria en sus intervenciones. El concertino de la “London” todavía tendría tiempo para lucirse en la “Ballada” de la “Sonata para violín en re menor, op. 27 n.º 3” de Ysaÿe, que interpretó como propina. En definitiva, un concierto sobresaliente para abrir este ciclo donde se hizo difícil no evocar las palabras del poeta “Vienen al alma música de ideales conciertos y, el mundo entero tiene rumor de primavera”.

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