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Gonzalo García-Conde

Paraíso capital

Gonzalo García-Conde

Pablo de Lillo, sobre sí mismo

Una muestra que explica la evolución del artista ovetense

En el proceso de la creación artística (hablo desde mi discreta vivencia como escritor) es tan importante la vanidad como la humildad. Hay que creérselo pero también hay que ponerse en duda hasta el final. Quizá el problema más complejo al que te enfrentas en esos momentos es asumir que, aun cuando tu trabajo ya esté completado, aun cuando hayas puesto todo tu esfuerzo y tu alma en él, te hayas desnudado y sea tu intimidad la que está a la vista, la pieza que has dado a la luz es un ser vivo independiente. Deja de pertenecerte en exclusiva y su significado pasa a ser responsabilidad del espectador, que la observa e interpreta desde su propia experiencia.

A finales de agosto se hizo público el cartel que debía ser imagen de las fiestas de San Mateo. Pablo de Lillo, su autor, buscaba un símbolo que diese una seña de identidad a los carbayones, la oportunidad de reconocerse como parte de su ciudad. Encontró esa perspectiva emocional con su versión libre pero inconfundible del mosaico del Paseo de los Álamos. Puso además en valor esa pieza de nuestro patrimonio cultural, original de Antonio Suárez, tan maltratada, desprotegida y mal conservada.

Pablo dio en el blanco. Su propuesta recibió una respuesta popular muy por encima de lo esperado. No solo fue celebrada y aclamada públicamente sino que la serie que creó a partir de ahí ha tenido un recorrido comercial muy interesante.

Quizá porque las limitaciones sociales provocadas por el virus son especialmente dañinas para todo lo creativo, quizá porque el éxito siempre desconcierta a los verdaderos artistas, a los más inquietos, esta vez De Lillo ha sentido la necesidad de parar y echar la vista atrás. Bajo el título “Piel de oficina” y comisariado por María Menchaca, ha organizado una especie de mirada retrospectiva de su trabajo en su local creativo y expositivo de la calle General Zuvillaga. Cuadros y esculturas desde 1994, aunque la mayoría hayan sido creadas ya en la segunda década del siglo XXI.

He tenido la suerte de visitar la exposición a su lado, escuchando sus explicaciones. Muy interesante y muy divertido. Me cuenta por qué no considera su progresión como algo lineal, sino como algo que evoluciona como una espiral, volviendo a pasar por los mismos puntos desde distintas perspectivas. Se refiere, entre otras cosas, a los juegos geométricos que se pueden reconocer en todas las etapas.

Pero hay otro punto en común en la colección: un sentido del humor muy elegante. Algo muy difícil de conseguir, de integrar con naturalidad. El momento de la creación es muy exigente, provoca mucho desgaste emocional y también se pierde la perspectiva con facilidad. Para colmo, observar la propia evolución suele provocar un sentimiento de insatisfacción y casi de vergüenza. Por eso le resulta más llamativo aun el retorno tan positivo que está recibiendo del público respecto a sus creaciones más antiguas, de las que ha estado muy cerca de deshacerse en una mudanza, según confiesa.

Todo esto le ha servido a Pablo para sobrellevar el éxito de su mosaico y para analizarlo desde una óptica distinta. Alejar la sensación de haber compuesto la canción del verano. Girar sobre sí mismo, reencontrarse gracias al movimiento helicoidal que le caracteriza.

Y a los demás para conocerle mejor, para entenderle, a pesar de la sensación de brevedad que nos deja la visita

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