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Álvaro Faes

al final de la semana

Álvaro Faes

Una injusticia con nocturnidad

La complicada situación de los alumnos de La Corredoria, ante un instituto con su capacidad saturada

Intentan hacer ruido desde La Corredoria y en el gobierno Regional, aunque se han enterado claramente del problema, no dan con la solución. Ya antes de la pandemia, antes de las distancias sociales y todo eso, los chavales del instituto andaban amontonados. En trazo grueso, el centro, un edificio nada desdeñable, daba cobijo a un tercio más de alumnos de los que marca su capacidad. Con una matrícula cercana al millar de estudiantes, todo esto del virus les ha dejado no ya al borde del colapso, sino directamente noqueados. A una situación límite se añadió otra circunstancia extrema (e inesperada) y ahora, una comunidad de jóvenes y sus familias paga las consecuencias.

Una injusticia con nocturnidad

Capean este curso con los chicos de 3º y 4º de Secundaria (15 y 16 años) con el parche de la sempresencialidad: un día en casa, otro en clase. Quien recuerde su adolescencia puede imaginar esas mañanas de libre albedrío, por mucho que haya obligación de conectarte al aula en remoto. Los dos cursos de Bachillerato se despachan en sesiones desde las 13 a las 18 horas. A todo se acostumbra el cuerpo pero…

En el imaginario colectivo de los cuarentones resiste aquello del “nocturno”. Había unos chavales, barba cerrada, Ducados arrugados en la camisa, que iban a clase por las noches. Se oía que eran “rebotados”, rebeldes ante la última oportunidad.

No era tan simple. Algunos chicos ya trabajaban y por la tarde iban a clase; otros estaban de vuelta al redil después de haber abandonado y de algún tiempo currando y por eso las barbas y los cigarros. Había de todo. El nocturno era una opción, en todo caso. Ahí estaba para quien lo quisiera.

De cara al próximo curso, las autoridades se han comprometido a acabar con las clases semipresenciales. Pero en el masificado instituto de La Corredoria plantean turnos lectivos que no gustan a la comunidad educativa: de 15 a 21 horas o de 16 a 22 horas. Contra esta idea iba la concentración de alumnos, familias y profesores del viernes pasado.

Chicos de, pongamos, 17 años que llegan a casa un lunes a las 22.30 después de clase. ¿Cómo serán sus mañanas? ¿Qué actividades deportivas o extra académicas pueden desarrollar un martes a las 10 de la mañana? ¿Cómo podrán sus familias asegurarse de que los chicos aprovechan su tiempo libre? A riesgo de caer en lo prosaico, ¿a qué hora se levantarán esos muchachos? ¿Dormirán y se levantará para el almuerzo, una ducha y a clase? ¿Crearemos una generación de aves nocturnas en la Corredoria?

Desde luego, si las autoridades quieren descongestionar el centro, lo conseguirán con creces gracias a estas medidas, pues serán muchos los que tengan que cambiarse. Pero la enseñanza pública de la que muchos presumen no consiste en eso. Consiste en conceder igualdad de oportunidades y en que nadie tenga que sortear más dificultades de las que ya vienen de oficio solo por vivir en un lugar hacia el que nadie ha mirado en años para darle la dotación que necesita.

Como la decisión de construir un nuevo instituto ya está tomada hace años. Como ya hay una parcela donde construirlo, el inicio de las obras no puede demorarse un día más. Y el proceso debe ejecutarse a doble velocidad que en circunstancias normales. Todo lo que no sea esto será perpetuar una injusticia flagrante.

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