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Carlos Fernández Llaneza

Un crucero en Oviedo

Me gusta el lema de “Oviedo, origen del Camino”. Tan cierto como adecuado. Peregrinar a Santiago por el camino primitivo es, sin duda, una experiencia magnífica. Un camino que vincula histórica y culturalmente a España con Europa desde la Edad media. Patrimonio de la Humanidad desde 1993 y signo de identidad europeo. Cualquiera que haya hecho este peregrinaje, con la motivación que fuere, se habrá encontrado, de forma habitual a lo largo del camino, con numerosos cruceros. Cruceiros en el occidente astur y pasada la frontera del Eo. Cruces de piedra levantadas en las encrucijadas de los caminos en las que el anverso suele estar dedicado a Jesús crucificado y el reverso, en la mayoría de los casos, está ocupado por una imagen de la Virgen María. En Asturias prevaleció esta costumbre durante los siglos XVII y XVIII. Aún podemos ver cruceros, tanto de cruce como de antojana, en numerosas poblaciones asturianas, como por ejemplo Teverga, Luanco, Luarca, Valdediós, Colombres, Celorio, Noreña, Tapia, Cornellana… Pero no en Oviedo, por muy origen del Camino que seamos. Consta que sí hubo uno a la entrada de Oviedo por San Lázaro. En el Libro de acuerdos del Ayuntamiento de Oviedo, en un asiento del 7 de septiembre de 1506, figura que se abren y alargan los caminos hacia San Lázaro de Otero a través de la puerta Nueva. Y en esa fecha, Juan de Verón presentaba al regimiento la sentencia contra Pedro de Arana, “al que habían mandado hacer a su costa una cruz de piedra en el camino público real que va desde la ciudad hasta San Lázaro, en el lugar que el corregidor y el regimiento señalaron, estableciéndose que la cruz tuviese cuatro gradas alrededor de si, de piedra bien labrada, y sobre las dichas gradas tenga la cruz un escudo de altura, que sea de piedra labrada perfectamente”.

Un decreto de las Cortes de Cádiz de 26 de mayo de 1813, ordenó “la demolición de todos los signos de vasallaje que hubiera en sus entradas, casas particulares, o cualesquiera otros sitios, puesto que los pueblos de la Nación Española no reconocen ni reconocerán jamás otro señorío que el de la Nación misma, y que su noble orgullo sufriría por tener a la vista un recuerdo continuo de humillación”. Esto afectaba a las “picotas”, columnas en las que se exponía a los reos a vergüenza pública o las cabezas de los ajusticiados; pues bien, se da la circunstancia de que estas columnas, en muchos casos, fueron reconvertidas en Cruceros. No fue así en el caso de Oviedo. La “picota” ovetense se encontraba en la actual plaza de Riego, conocida anteriormente como de los Pozos, de la Picota, de las Escuelas, o de Cueto. Sobre el pedestal que ocupa la plaza estuvo, desde 1898, el busto del geólogo alemán Guillermo Schulz, siento sustituido en 1993 por el del militar de Tuña que nomina actualmente la plaza.

Por tanto, tal vez, no estaría de más que en este año Jacobeo en que Oviedo reclama el protagonismo que merece como inicio de ese Camino secular, nuestra ciudad buscase un lugar en alguna parte del Camino para erigir un crucero como un guiño a nuestra propia historia. A los miles de peregrinos que partían o se acercaban a El Salvador para visitar antes que al criado, al Señor.

A los que fueron y a los que serán.

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